El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

julio 18, 2010

Cuaderno de notas (y V)

XIII

J. es ruso, pero nacionalizado mejicando. Antes de llevarnos a Cuernavaca en su coche, visitamos su barrio, La Condesa. Un parque precioso, en forma de óvalo por la Avenida México (una de las avenidas México que hay en el DF, porque con 70000 calles, ya le dieron la vuelta completa al diccionario). Bicicletas, cafés de estilo europeo, corredores, y muchas, muchas parejas. De la mano, sentados en los bancos de madera rústica, besándose. J. dejó Cuernavaca para venirse al DF, para vivir aquí. Esto también es Ciudad de México, esto te reconcilia con una ciudad tan insólita como inabarcable.

XIV

La carretera de Cuernavaca es famosa por sus curvas (“tienes más vueltas que la carretera de Cuernavaca”, dicen por aquí). La carretera antigua, no la moderna autopista. Pero J. cree que es “de mal anfitrión” llevarte por al autopista y que te pierdas algo tan auténtico. Yo conduzco por aquí muchas veces, y nunca me pasó nada, dice tranquilizador. Bueno, una vez acabé con el coche en la copa de un árbol colgado de un precipicio, pero la verdad es que no me pasó nada. El efecto tranquilizador se ha diluido de repente. La carretera, tan sinuosa, de noche, entre bosques, parece sacada de una peli de David Lynch. Ahora les llevaré por un atajo, anuncia solemne, el desvío de Huitzilac; se ahorran cinco kilómetros. Y por qué no hicieron por aquí la carretera? pregunto, no muy seguro de querer saber la respuesta. Ah… buena pregunta, ahora lo verán. Huitzilac a las 9 es un pueblo fantasma. Apenas dos hombres por la calle (la única calle), que aportan más tensión al aire. Perros de pelea ladran a los faros del coche desde los vallados. Al salir de pueblo, se divisa a lo lejos y muy muy muy abajo, las luces de Cuernavaca, y nos lanzamos colina abajo por la carretera con mayor pendiente que he cruzado en mi vida. Al llegar al hotel tengo la sensación de haberme bajado de un avión. Por un lado porque todo el viaje he ido con la sensación que me acompaña en los aviones de “si pasa algo, estamos listos, así que mejor me relajo”. Por otra parte, porque el desvío de Huitzlac me ha dejado los oídos taponados. Y al bajar del coche, siento de manera inequívoca cómo fluye la adrenalina, esa extraña mezcla de invulnerabilidad y osadía que te hace sentirte capaz de todo. O, simplemente, sentirte vivo de una forma cierta y precisa.

XV

Esta noche, que es mi última noche, estamos S. y yo, frente a frente. Entre nosotros, una botella de tequila. Junto a nosotros, la algarabía de todos sus compañeros, los alumnos de doctorado, despidiendo a uno de ellos que se marcha a Toulouse. En diciembre, S. se marcha también, a Madrid, a la Autónoma, así que muy probablemente nos volveremos a ver pronto. Pero esta noche, que también es mi última noche, S. y yo nos hemos quedado hablando de la música mejicana. Yo he tirado de repertorio, él ha tirado de recuerdos y nos hemos encontrado en esa comunión extraña que sólo se alcanza a veces, con cosas muy concretas, con ésas que te remueven el alma. Y esta noche, mi última noche, comparto tequila con este chico de quien me separan diez años  y diez mil kilómetros. Y juntos nos llenamos el vaso, nos lo ponemos en la cabeza como manda la tradición y entonamos, mal que bien, un lamento eterno convertido, en este instante, en la única religión verdadera:

“Me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero…”

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