El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

junio 27, 2010

Cuaderno de notas (II)

IV

La pirámide de Tepoztlán no es una visita sencilla. Requiere entre una hora y hora y media de trabajoso ascenso hasta lo alto de la montaña que domina el valle y, con él, el pueblo. Algunos tramos están adoquinados decentemente, otros son simples caminos de montaña, no demasiado diferentes de lo que había cuando se construyó la pirámide. Al cabo de un rato, es descorazonador comprobar que la subida sigue y sigue, como si nunca fuera a acabarse. Pero al llegar arriba (“Favor de no alimentar a lo hurones” dice el cartel), exhausto, ves la pirámide (pequeña, nada espectacular), miras alrededor y todo cobra sentido. Es necesario el esfuerzo, es necesario el cansancio. Es necesario entender lo importante del camino para apreciar la meta.

V

Tepoztlán en domingo es una locura. Las calles son un gigantesco mercado, llenos de gente, de puestos de frutas y verduras que la gente cultiva en sus casas, de artesanía textil que se vende y se hace delante tuya. Ancianas que pueden tener sesenta años o seiscientos te preguntan el nombre de tu hija cuando compras un vestido y te anuncian solemnes que rogarán a dioses impronunciables por su salud. Almuerzo en una taquería, donde todos los clientes nos sentamos juntos, en una mesa que forma un cuadrado, en cuyo centro dos señoras te van preparando los tacos conforme a tu gusto. Parece arriesgado. Pero hay que vivir. Un hombre mayor con un acordeón, en mitad de la calle. La vie en rose. En este pueblo pequeño, en este lugar recóndito, la señora que vende, la que prepara los tacos, el hombre del acordeón, saben tocarme en el alma.

VI

El Día de los Muertos es importante en todo México. También en Ocotepec, claro. Pero aquí es especial, me cuentan. Aquí, en Ocotepec, el día de los muertos la gente prepara altares en las puertas de las casas, para sus muertecitos. Con velas y coronas de flores, como en otras partes. Pero también sacan sus trajes favoritos. Y sacan los estéreos y ponen las canciones que más les gustaban. Y compran cosas como cajas de sus cigarros preferidos o botellas del tequila que les gustaba tomar. Porque ese día, en Ocotepec, los muertos visitan a sus familias. Y lo hacen disfrazados de extranjeros. Por eso, en este pueblo, cuando un extranjero llega a una casa, le agasajan, le dan de comer y de beber, se sientan con él y le cuentan historias, o escuchan las suyas. Y el duelo, de una forma tan mágica como razonable, queda convertido en la más absoluta forma de hospitalidad.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: