El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

junio 20, 2010

Cuaderno de notas (I)

Éstas son algunas impresiones que me he traído de mi viaje a México, concretamente a México DF y a Cuernavaca, en el estado de Morelos. No pretenden ser fieles a la realidad, sino a mis sensaciones.

I

En el aeropuerto de Ciudad de México, como en todos los aeropuertos grandes, hay mucha gente que espera. No se diferencia en nada de otros aeropuertos. Tiendas limpias, McDonald’s, restaurantes típicos pret-a-porter,… la gente que limpia es muy vieja o muy joven, los portamaletas irrealmente obsequiosos, y cuando entras en el baño y cierras la puerta, un señor, por debajo, rocía el suelo con una solución perfumada. Hasta ahí todo normal, o casi. Pero cuando observas las llegadas, ves algo curioso. Llegan vuelos de todo el mundo (o casi), pero los que llegan de USA son especiales. Porque hay muchísima gente esperando, y porque todos, los que llegan y los que esperan, nada más verse, antes incluso de tocarse, rompen a llorar. No sé exactamente de qué, pero seguro que es una maravillosa metáfora.

II

En una de las muchas grandes vías de Ciudad de México, hay vendedores ambulantes. Aquí no venden kleenex, venden pistachos (pistaches) y nueces del Brasil. Y algunos también chicles. A pesar de lo demencial del tráfico, no están en los semáforos, no habría suficientes. Están en medio de los carriles, sobre las líneas discontinuas, con los brazos abiertos y carteles colgados del cuello, anunciando mercancía y precio. En esta ciudad, donde las reglas de tráfico sólo se tienen en consideración en caso de accidente (entre las compañías aseguradoras), donde los choques son frecuentes (ayer vi siete, en el tiempo de cruzar la ciudad), no hay tráfico más ordenado que el de las vías con vendedores ambulantes. Salvan vidas, aunque probablemente no salvan las suyas.

III

Cuernavaca en la estación de lluvias es un espectáculo. Puntualmente, al anochecer, el cielo se cierra y se derrumba sobre la ciudad con una violencia insultantemente democrática. No entiende de ejército, de narcos, de clase alta, de suburbios marginales. Todas las calles se convierten en ríos, y entiendes por qué todos los coches son 4×4, el del camarero (4×4 nacional) y el del doctor (4×4 Chevrolet). El tanque aparca a esperar un respiro, los soldados se bajan a tomar un trago. No hay quien conduzca con esta lluvia, no hay quien trafique, no hay quien dispare. Todos nos sentamos a ver llover. Es hermoso. Y a mí me hace pensar que tal vez la lluvia sea la esperanza de México.

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2 comentarios »

  1. Inteligentemente líricas. Gracias.

    Comentario por pat — junio 21, 2010 @ 12:14 am | Responder

  2. Me encanta la tercera observación. Lo de que la lluvia caiga de manera democrática, y supongo que sera notoriamente democrática sobre todo en esa gran ciudad.
    ¿Parece tan inmensamente grande como lo es en realidad?
    Y espero que tu estómago volviera bien. 😉
    Besos.

    Comentario por karmenjt — junio 21, 2010 @ 9:45 pm | Responder


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