El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

mayo 24, 2009

Nostalgia de la arqueología

Filed under: A day in the life (Pensamientos o casi) — dannymacgill @ 11:44 am
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Hubo un tiempo en que tener un disco significaba algo. En mi caso, significaba la volatilización de mis ingresos. Los primeros discos que me compré eran LPs, y su precio fue pagado con un esfuerzo titánico a base de darle clases particulares a mi hermana. No os lo toméis con ligereza, no conocéis a mi hermana. Casi todos eran de música clásica, pero también vienen de entonces los discos de The Beatles, salvo A hard day’s night y Revolver, que ya estaban en casa de mis padres. Las contadas ocasiones en las que vuelvo a esa casa, una extraña fuerza magnética me arrastra inevitablemente a la estantería donde están, todavía, aquellos objetos de deseo. Los mismo que en su día atesoré con cuidado infinito y escudriñé con esa precisión reservada a los coleccionistas vocacionales. Cada cara de la portada de Sargent Pepper’s…, cada detalle de Abbey Road, cada rugosidad del White Album.

Luego cambié de residencia, y de fuente de ingresos. Las sufridas clases a mi hermana dejaron paso a la mendicidad orgullosa de la Tuna del Bosco y las partidas nocturnas de póker. Sin embargo, los gastos permanecían esencialmente invariantes. Únicamente la interacción me hizo ampliar muchísimo mi espectro musical. Llegaron The Police, Alan Parsons Project, Electric Light Orchestra, Crowded House, Led Zeppelin,… y con ellos aumentaron las opciones de elegir a la hora de adquirir discos. También llegó entonces el CD, con su precio exorbitante propio de toda nueva tecnología. Y el vivir en una gran ciudad me permitió también acceder a establecimientos especializados. Las tiendas donde podías encontrar cualquier disco eran un lugar casi mitológico, unos Campos Elíseos que sin embargo estaban marcados por la impotencia surgida de la imposibilidad física (y económica) de llevártelo TODO. Debo de haber sido uno de los pocos jugadores compulsivos de póker cuya única motivación era comprar discos. Menos mal que se me daba bien.

Efectivamente, como decía mi amigo Klaus, había algo de arqueología en aquella compulsión. Como el niño que busca el cromo imposible del jugador de fútbol que necesita para completar el álbum. De arqueología, pero también de riesgo y de elección. Riesgo con cada un nuevo grupo que suponía, para empezar, un desembolso importante. ¿Puedo prescindir de un disco de The Police por estos notas a los que he escuchado en la radio? Vale, la canción mola pero… ¿todo el disco? Al menos el riesgo era compartido, gracias la generosidad del P2P jurásico que suponían las grabaciones que te pasaban los amigos. Y también, sobre todo, elección. Elección porque los recursos eran muy limitados en comparación con los objetivos. En mi caso, el obejtivo era prácticamente todo el semisótano de Sevilla Rock. Aquélla era la zona de las cassettes, que ofrecían un precio razonable y la hermosa imperfección de lo analógico. Me costó aceptar el CD. Siempre me pasa.

Se requería madurez, se requería tener las ideas claras o al menos aclararlas allí mismo, ante el apremio de la disyuntiva. Y después aún quedaba el calvario de la cola para pagar, rumiando tu decisión, reflexionando hasta el infinito si habías tomado la decisión acertada. Al final casi pagabas agradecido, sabiendo que aquello lo convertía en irrevocable. Y lo irrevocable siempre es sencillo de asumir, al menos para mí.

Luego, como recordaba Klaus, llegaron las series medias, que facilitaron el proceso de elección, aunque TODO seguía siendo demasiado. Y finalmente el mp3 y el eMule relegaron la arqueología sentimental al rincón de los recuerdos. Sevilla Rock cerró sus puertas, y en el semisótano de las cassettes ahora puedes encontrar oportunidades increíbles en ropa de la temporada pasada en una de esas tiendas de El Corte Inglés que no se llaman El Corte Inglés. Pero no engañan a nadie. Y menos a un buscador de tesoros avezado.

Mi disco duro tiene mucha música, pero me alegra decir que la he escuchado toda, o casi toda. Y no seré yo quien niegue la maravilla que supone tener toda la discografía de uno de tus grupos favoritos a un click (y unas horas) de distancia. Sobre todo porque siempre hay alguien aún más freak que tú que tiene la delicadeza de incluir, en el mismo zip, no sólo la discografía oficial, sino todos los directos, bootlegs, actuaciones en la BBC y material inédito que haya.

Pero, a veces, aún paso por el desierto de ilusiones que fueron un día mis tiendas de discos favoritas y siento la calle vacía. Y cuando voy a la FNAC puedo pasar horas recorriendo los estantes, mirando, catalogando, calibrando. Como si el riesgo y la decisión ya me hubiesen enganchado de por vida. Y sí, a veces aún compro discos. La última vez cayeron Definitely Maybe (que ya me había bajado) y Kind Of Blue.

Supongo que no puedo evitarlo. Soy un sentimiental.

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2 comentarios »

  1. ¡Vaya vicio Danny! Te imagino en la cola dándole vueltas (seguro que alguna vez te volviste a cambiar alguno). Pues yo es que ante la duda me compró los dos, soy así de derrochona. Creo que me debían dar buena paga, porque yo también tengo ese vicio desde que descubrí la música (con The Beatles por cierto).
    Ahora es todavía peor. Ha crecido mi poder adquisitivo y cada vez que paso por la puerta de la FNAC que me pilla demasiado cerca de mi casa y de camino para casi cualquier sitio no puedo evitar pillar algo.
    Hoy mismo he ido a comprar un libro para una amiga y he acabado encargando el último disco de Albert Hammond Jr. (no te asustes es el guitarrista de The Strokes en solitario).
    Que me gusta tu arqueología musical sentimental. Y que The Kind of Blue es un gran disco (que también tengo por supuesto :-))
    Besos.

    Comentario por Karmen — mayo 24, 2009 @ 11:13 pm | Responder

  2. Supongo que esa faceta me la he perdido. No he sido un buen escuchador de música nunca. Vale, tengo mis preferencias, pero no he tenido nunca un disco de vinilo, por ejemplo. No me mires así, Escocés… es la pura verdad.

    Quitando las cintas de mercadillo de Parchis y Regaliz (que creo que tienen mucha parte de culpa de mi ausencia de interés por la música) alguna de mis primeras audiciones fueron las que me pasó mi amigo Monty… la Rapsodia Bohemia de Queen, por ejemplo.

    Debo de tener como 100GB de música. Mucha de ella sin escuchar. Porque, a diferencia de ti, también me bajo toda la discografía de un autor… pero luego no la escucho entera. A veces pongo el modo automático y salen cosas curiosas…

    Eso sí: escucho música haciendo otras cosas. Si sólo escucho música termino durmiendo… inevitablemente.

    Me ha gustado mucho tu texto, colega.

    Comentario por Sr. Capullo — mayo 25, 2009 @ 7:53 am | Responder


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