El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

marzo 15, 2009

Los días que nos quedan

Filed under: A day in the life (Pensamientos o casi) — dannymacgill @ 11:00 pm
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A fue mi primer profesor en la Facultad.

Recuerdo aquel primer día como si no hubiesen pasado 18 años, con sus días, sus noches, sus lluvias. A entró en clase y escribió en la pizarra “TEMA 1: ESPACIOS VECTORIALES”. Así, sin más. Ni “Buenos días” ni “Me llamo A y seré su profesor de Álgebra I”, ni hostias.

Lo recuerdo como un profesor excelente. Era extremadamente cuidadoso y preparaba sus clases al milímetro, explicaba con una claridad irrebatible, aunque lo hacía con un tono de voz bajo, casi siempre hablando como si murmurara. Su aspecto, sin embargo, era de lo más llamativo. Tenía unos andares curiosos, como si estuviera siempre a punto de perder el equilibrio. Llevaba unas gafas gruesas, que le daban un aire despistado y tenía un pelo espeso y duro. El típico pelo que hace las delicias de los nietos, porque al abuelo le puedes tirar del pelo cuanto quieras, y nunca le duele.

A fue un profesor exigente, al menos conmigo. Su asignatura fue también la primera de la que me examiné en la carrera. Me puso un 9. Y eso que el examen estaba para enmarcarlo. Fui a revisar. Y me volví con el 9, claro. Aunque años después me confesó que no me puso el 10 “porque no me gustó su actitud, profesor MacGill”. Sonreía de medio lado cuando decía eso. Siempre he sido “profesor MacGill” para él. Con un cierto deje de sorna, claro. Sólo me llamó una vez por mi nombre de pila, cuando supo que iba a adoptar una niña en China. Posiblemente se debe a que A tiene una sola hija, nacida en la India y adoptada cuando tenía algo más de dos años.

Hay anécdotas legendarias de A, que posiblemente le describen mejor de lo que yo pueda hacerlo. Una muy ilustrativa: un compañero de departamento y yo charlábamos en un pasillo cuando A se acercó, miró a mi compañero muy serio y le preguntó “Y por qué Holanda?”. Dicho esto, movió la cabeza como si no tuviese importancia la respuesta y se marchó.

Nos llevó un buen rato reconstruir los hechos. Una semana atrás habíamos comido unos cuantos compañeros, A entre ellos, y alguien le había preguntado a mi amigo a quién veía de favorito para el Mundial que se avecinaba. Y mi amigo, que no era muy futbolero, pues había dicho que Holanda (eso fue hace unos pocos años…). Durante todo el tiempo, A parecía absolutamente ajeno a la conversación. Pero está visto que no lo estaba, o no del todo…

Hace unos días me encontré con A. Hacía meses que no lo veía. Y había cambiado mucho. La quimio es lo que tiene. Su pelo había desaparecido y sus andares eran más equilibrados, gracias al bastón que llevaba. Su mirada era la misma, y su sonrisa. Hablaba deprisa, muy deprisa; nada que ver con el excéntrico y silencioso profesor que yo recordaba. Parecía tener tantas cosas que decir, y tan poco tiempo para decirlas…

Me contó que había pedido el alta voluntaria. Estaba harto de hospital y de supervisión. Quería dar clase. Así que había firmado “más papeles que para una hipoteca” y había vuelto a su vida, a su casa, a su despacho, a su asignatura. “El pronóstico no es bueno”, me contó sonriente. “Por suerte para mí, sólo son médicos”. Ni rastro de miedo, de preocupación, de congoja. En lugar de eso, sólo desprendía entusiasmo. Entusiasmo y lucidez. Como alguien que no sabe cuántos días le quedan, pero sí sabe lo que quiere hacer con ellos.

Espero que te vaya muy bien, A. Y que tengamos alguna otra conversación que retomar de forma inesperada. Y que tus nietos de piel bronceada se rían al tirarte del pelo y ver que al abuelo no le duele nada, nada. Y que me llames “profesor” con guasa y me recuerdes el 9 de las narices. Y que te burles de todos los que no son matemáticos, y de los que lo somos, pero no hacemos Teoría de Conjuntos (qué sabremos nosotros…). Y que muchos muchos alumnos, que aún no te conocen, te recuerden dentro de unos años como el excelente profesor que eres.

Mientras tanto, gracias por mostrarme algo nuevo sobre lo que significa enseñar y sobre la importancia de los días que nos quedan. Igual que hace 18 años, te has esmerado en darme una lección. Justo cuando volvía a pensar que lo sabía todo.

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3 comentarios »

  1. Si tuviera que elegir un profesor “A” mis recuerdos me llevarían a un canario de voz dulce y rítmicamente pausada (una tautología, supongo) y enorme corpachón de más de cien quilos y cerca de dos metros (o al menos eso me parecía a mí, que siempre he solido ser bajito)

    Manolo Valdivia, un gran profesor de cálculo, capaz de llenar tres pizarras con una de sus magníficas demostraciones, acabando la tercera con un… “y, como resulta evidente…” claro que sus evidencias solían resistirse al común de los mortales.

    Un profesor que, cuando alguno de sus alumnos le comentábamos “no acabo de entender la demostración” era capaz de borrar todo y llenar otras tres o cuatro pizarras, con una demostración totalmente distinta.

    Un profesor cuya frase favorita, cuando intentaba dibujar la intersección de dos curvas, era “yo…es que… ustedes disculparán… pero pinto muy mal”

    Gracias escocés, tus recuerdos acaban activando los míos, y a partir de cierta edad es todo un gustazo.

    Un abrazo.

    Comentario por julio navarro — marzo 16, 2009 @ 10:41 am | Responder

  2. Como te decía, los recuerdos activan recuerdos, el viejo truco de la magdalena

    http://demiratgesialtresatzucacs.blogspot.com/2009/03/memories-de-la-postguerra-el-senyor.html

    Un abrazo

    Comentario por julio navarro — marzo 18, 2009 @ 6:58 pm | Responder

  3. Jejejeje… tenías que verme a mí dibujando para apreciar lo que es un mal dibujante en toda su dimensión…

    Gracias por pasarte, Julio. Un abrazo.

    Comentario por dannymacgill — marzo 19, 2009 @ 1:57 pm | Responder


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