El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

marzo 6, 2009

Relato: Au revoir

Aún la amabas? Me ha preguntado el joven gascón. Su mirada lo dice todo, está hecha de dolor, vergüenza y arrepentimiento. Al fin y al cabo, él cayó bajo tu influjo y tú mataste a la mujer que amaba. Así que le he dicho lo que necesitaba oír. Por encima de todo, amo a Francia.

Él me ha mirado con orgullo, como los niños miran a su padre cuando es el hombre más diestro, más fuerte, más sabio. Como tantas veces he soñado que nos miraba nuestro hijo. El que nunca tuvimos.

El chapoteo del bote es hipnótico. Miro las aguas negras, pero no veo este río, que me aleja de ti para siempre. Veo La Fère en primavera. Han pasado casi diez años. Aunque si medimos el tiempo en vidas, entonces han pasado cientos. Veo las fiestas campestres. Te veo a ti, con las guirnaldas de flores que tanto te gustaban, sonriendo para avergonzar al sol de mayo. Entonces toda mi vida cobraba sentido con sólo mirarte, con rozar tu mano, con verte danzar. Fueron los años más maravillosos pero también los más devastadores de mi vida. Ahora sé que nunca seré feliz, porque nunca lo podré ser como entonces.

Es curioso, tú pensaste que me habías dado muerte, nunca supiste que el veneno no terminó de hacer su trabajo. Y lo cierto es que Olivier, el Olivier que te llevó al altar y te juró amor eterno, murió ese día. Mi corazón siguió latiendo, eso es cierto. Mis piernas siguieron sosteniendo la misma carcasa, ahora vacía de alma. Mis pulmones continuaron aceptando el aire como se acepta una limosna. Pero yo decidí poner fin a esa anomalía que era mi vida.

Partí a la guerra, a cualquier guerra. Y no como podría haberlo hecho, como miembro de la nobleza, al mando de un regimiento. No, yo buscaba las balas de cañón, los arcabuces, las espadas del enemigo. Por eso me hice mosquetero. Por eso languidecí en las trincheras del Milanesado, de Aachen, de Luxemburgo, rogando a Dios por una muerte rápida que apartara para siempre de mí el eterno dolor de tu recuerdo.

Ahora que nos hemos despedido para siempre… ahora no sé cómo debo sentirme. Qué me queda? De qué está hecha mi vida? Todos estos años tratando de morir para olvidarte… y bebiendo para recordarte. Para recordarte tal y como te amé, para difuminar en mi memoria los contornos precisos de tu maldad, de tu desprecio, de tu frialdad. Resulta gracioso porque, de todos los hombres que has tenido después, pobres diablos, he pensado lo mismo. Estoy seguro de que todas esas vidas sacrificadas en el altar de tu terrible belleza, sin excepción, han abrazado la muerte con la absoluta certeza de que sólo a ellos te entregaste de verdad, que sólo ellos lograron tocar tu alma y ver en ti la candidez y la pureza de la que estabas hecha.

Sin embargo, esta noche, cuando el frío y la humedad me atenazan como un día lo hizo tu beso, necesito aferrarme a la ilusión de que un día me amaste. De que un día te entregaste a mí porque quisiste ser mía para siempre, al menos en ese instante. Porque después de las traiciones que has cometido, de la sangre que has vertido, después de que me hayas condenado a la infelicidad eterna, después incluso de haberte dado muerte esta noche, más me vale enfrentarme a la realidad y aceptar lo inevitable.

Que Dios me perdone, Charlotte… te sigo amando.

Éste es mi pequeño homenaje a Alejandro Dumas, el hombre que llenó mi adolescencia de sueños y aventuras, ahora que se cumplen 165 años del comienzo de la publicación de “Los Tres Mosqueteros”. Una instanténea (muy libre) de ese personaje fascinante, al menos para mí, que es Athos; y su desdichada historia de amor, traición y muerte con la mujer que después fue conocida como Milady de Winter.

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5 comentarios »

  1. Genial

    Comentario por pat — marzo 6, 2009 @ 11:48 am | Responder

  2. Los grandes relatos nunca mueren, se ramifican. A pesar de todos los Hollywoods.

    Lo que nos has traído es un precioso brote primaveral, una yema (en catalán gemma tanto es yema, brote, como gema, piedra preciosa)

    Un abrazo.

    Comentario por julio navarro — marzo 6, 2009 @ 11:56 am | Responder

  3. De todo lo que te he leído hasta ahora, publicado o no, éste me parece tu mejor relato.

    Comentario por Ann(a veces). — marzo 9, 2009 @ 2:04 pm | Responder

  4. A mí se me hizo corto. Te apoyas demasiado en la capacidad del lector para recordar a Dumas. Yo aún no lo he leído, será por eso que el relato me suena un poco postmoderno.

    Comentario por cautivador — marzo 12, 2009 @ 11:05 am | Responder

  5. Gracias, Pat, me alegro mucho de que te guste.

    Completamente de acuerdo, Julio, las grandes historias siempre quedan. Y nos inspiran. No sólo pequeños relatos, como este caso, sino en la vida. Un abrazo.

    Vaya, Ann… Muchas gracias, tú sabes cuánto significó Dumas y sus historias para mí. Y además sueles tener buen gusto… 🙂

    Gracias por la observación, Cautivador. Es más que probable que estés en lo cierto, ésta historia es de ésas que uno escribe más para uno mismo que para ser leídas. Lo que no quita para que se intente hacer lo más interesante posible para todos, claro. Bueno, mucho me estoy enrollando… y tú ya estás tardando en leértelo!!! 😀

    Comentario por dannymacgill — marzo 15, 2009 @ 7:00 pm | Responder


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