El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

febrero 20, 2009

Relato: La tercera estrella

El inspector tomaba nota de todo en su bloc, con una letra puntiaguda y preciosista. Al chef le recordó a la letra de su profesora de octavo. Doña Alicia. Qué fea era doña Alicia. Tras el cuestionario habitual, el inspector se quitó ceremoniosamente las gafas y se introdujo la patilla derecha en la boca, en un gesto que el chef encontró particularmente desagradable.

– Joven, ¿sabes cuántos años llevo de inspector para la Guía?

El chef negó con la cabeza.

– Más de los que usted tiene. – Sonrió con gesto cómplice. – Y créame si le digo que nunca me había encontrado con un desafío semejante.

Silencio. El inspector parecía vagamente incómodo ante la pregunta que iba a realizar.

– ¿Me puede explicar la receta de las coquilles líquidas?

El chef sonrió con condescendencia.

– Oh, eso… es muy simple, en realidad. Es una deconstrucción del concepto clásico de croqueta. Sustituimos la bechamel con pollo por una gelatina de perdiz enriquecida con caldo de pato. Le damos la forma de coquille con dos cucharas y la recubrimos con huevo batido y un poco de aglomerante para mejorar la consistencia. Finalmente se pasa por pan rallado con hierbas provenzales y se sumerge en aceite, a 180 grados durante exactamente un minuto y treinta y seis segundos. En ese tiempo la gelatina se licua y el exterior se endurece, dando lugar a una croqueta líquida.

El inspector meneó la cabeza.

– No me lo está diciendo usted todo, amigo mío… Conozco todas esas técnicas… pero en el interior de las coquilles hay algo… algo que no acierto a distinguir, que tiene una consistencia cremosa, diferente por completo de la de la gelatina líquida… pensé que era sal maldon, o sal rosada, pero no… no estoy seguro…

Las cejas del inspector mostraban una anhelante expectación. El chef finalmente afirmó con contundencia.

– Pues sí… es un tipo de sal del Himalaya que me traen expresamente… le ruego que trate esto con la confidencialidad debida…

El inspector se sacó la patilla de la boca y realizó un gesto vago y amplio.

– Pues tiene usted que darme el nombre de su proveedor. Le parecerá una… una locura. Pero cuando probé la primera, me asaltó un recuerdo, un recuerdo de mi adolescencia, que hacía mucho que no… Y luego, simplemente desapareció y yo… en fin…

Al chef no le parecía una locura, en absoluto. Pero no dijo nada. El inspector tras perder la mirada en un punto lejano, o todo lo lejano que podía ser en aquel salón, prosiguió:

– Y ya que hablamos de confidencialidad, usted trate también con la debida lo que voy a decirle… Puede dar por asignada la tercera estrella de su establecimiento. Muchas felicidades.

Un licor y una despedida después el chef se encaminó a su estudio con paso cansado. Se sentó en su silla de trabajo y marcó un número en su móvil.

– Sí… Sí, cielo, aquí sigo con el inspector… Sí, yo creo que muy bien, pero no lo quiero decir muy fuerte. Ahora vamos a tomarnos unos licores, a ver si le saco algo en limpio… Vale, claro, no te preocupes, no voy a coger el coche. Me quedo a dormir aquí, sí… Ya, yo también te voy a echar de menos, pero… claaaaaaaro, claro. Bueno, pues me vuelvo con el inspector… Sí, y yo a ti. Buenas noches, buenas noches.

El chef miró el sofá cama, en la pared opuesta del estudio. El lugar donde había pasado más de la mitad de las noches últimamente. Tras unos segundos, decidió esperar un poco antes de irse a dormir y se volvió hacia la mesa de estudio. De entre los cientos de libros de cocina que atiborraban las estanterías escogió un álbum de fotos.

Paseó la mirada por los rostros cambiantes de un bebé que se convirtió en un niño sin dejar de sonreír de una forma que los adultos olvidan. Un niño grande, fuerte, lleno de vida. De pronto, como si de un péndulo se tratara, el niño volvía, muy despacio, a convertirse en una criatura débil e indefensa. Su cuerpo menguaba, su pelo desaparecía gradualmente,… sólo su sonrisa permanecía inalterada. Las fotos en el jardín de una casa rural dieron paso a una habitación de hospital, luego a una estancia esterilizada, y de nuevo a casa, en un viaje sin retorno.

El chef notó la inconfundible sensación de las lágrimas abrasando sus ojos y alargó la mano hacia los pequeños recipientes que tenía específicamente preparados. Cuando hubo llenado diecisiete de ellos los guardó en la pequeña cámara criogenizadora, cerró el álbum y se dirigió hacia el sofá, a intentar dormir. Probablemente en vano.

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11 comentarios »

  1. Posiblemente esa croqueta decostruída fuera un auténtico manjar… no digo yo que no… pero a qué precio, ¿no?

    De haberlo sabido te habría traído algunas de las lágrimas que derramé en lo alto del Thorung-la… esas sí que habrían sido auténtica sal del Himalaya.

    Comentario por Sr. Capullo — febrero 20, 2009 @ 11:40 pm | Responder

  2. Lo he tenido que releer varias veces hasta empaparme del ligerísimo sabor salado de las lágrimas.

    Genial.

    Comentario por julio navarro — febrero 20, 2009 @ 11:54 pm | Responder

  3. Muchas gracias, K, por el ofrecimiento (aunque sea a posteriori, jejeje). No hay nada como tener amigos viajaos… 🙂

    Gracias, Julio, aquí lo tienes a tu disposición.

    Un abrazo, par de elementos.

    Comentario por dannymacgill — febrero 21, 2009 @ 12:56 am | Responder

  4. Bueno, yo también lo releí muchas veces, e incluso he aprendido sobre la sal rosada y la Maldon, pero en mi caso no cuenta (ya me conoces hasta que mi dura mollera se abre…) Surgen algunas dudas pero ya te aburriré con ellas en otra ocasión. En definitiva, esa tristeza de la que hablas, si yo condimentase mis guisos con ella… ¿Te acuerdas de Como agua para chocolate?, creo que mi inspector acabaría quitandome todas las estrellas y pidiendo cita en un psicologo… 😀

    Comentario por Salam — febrero 21, 2009 @ 10:06 am | Responder

  5. Genial. Sólo una sugerencia, yo quitaría ésto:”Al chef no le parecía una locura, en absoluto.”. Me ha encantado. Un beso.

    Comentario por pat — febrero 21, 2009 @ 12:31 pm | Responder

  6. Sofía, tú puedes (intentar) aburrirme cuando quieras. Me conformo con no hacerlo yo cuando te pasas a leerme. Y me da a mí que con lo que vas a poder condimentar tus guisos va a ser con las NOTAZAS que se rumorea (htas aquí ha llegado el runrún… maremía…) que estás gastando!!!

    Gracias, Pat. Por el comentario y, sobre todo, por la sugerencia ;-). Un beso gastronómico.

    Comentario por dannymacgill — febrero 22, 2009 @ 11:49 pm | Responder

  7. Uf! A mi también me ha encantado. Genial Danny. ¿Existen las coquilles líquidas?
    Un beso.

    Comentario por karmenjt — febrero 22, 2009 @ 11:57 pm | Responder

  8. Eeeehhh… eso creo. La cosa es que suena verosímil, no? Luego, si eso, llamo a Ferrán y le pregunto… 😀 Besos, y ya me contarás que es eso tan importante que tienes en la cola para estar todo el santo rato mirándotela…

    Comentario por dannymacgill — febrero 23, 2009 @ 12:02 am | Responder

  9. Ja ja ja. En realidad me he hecho un lío y no se como desenredarme 😉
    Pero no se lo digas a nadie.

    Comentario por karmenjt — febrero 24, 2009 @ 1:13 am | Responder

  10. Sin duda los relatos culinarios dan mucho juego. El lector siempre sospecha alguna doble lectura. Pasa lo mismo con los relatos que incorporan temas de astronomía y geología. Al menos ése es el efecto que tiene sobre mí (aunque ahora no puedo recordar ni uno solo, carajo).

    Comentario por cautivador — febrero 25, 2009 @ 2:16 am | Responder

  11. Karmen, mis labios están sellados :X, ya discutiremos el precio…

    Gastronomía, astronomía y geología… Vaya, no se puede negar que es un espectro curioso. Yo tengo pendiente un relato sobre un vulcanólogo francés y, por tanto, con halitosis. Será interesante ver qué efecto causa. 😀 Si te interesan los relatos culinarios, desde luego aquí hay alguno que otro, y los que vendrán.

    Comentario por dannymacgill — febrero 25, 2009 @ 9:28 pm | Responder


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