El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

febrero 6, 2009

Relato: Kiowa

Filed under: Paperback writer (Relatos) — dannymacgill @ 2:13 pm
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Guipahgah caminaba despacio, dejando atrás el poblado del hombre blanco. Como siempre que la lucidez acudía a su mente, su memoria se saturaba de emociones, como si temiese que de un momento a otro fuera a caer de nuevo en el letargo. La noche era fría, pero al hombre que caminaba con paso incierto no parecía importarle. Llevaba el torso desnudo.

Esta llanura por la que ahora transitaba no había sido siempre así. Cuando Guipahgah era joven, las grandes manadas de búfalos pastaban aquí. El río era territorio del castor, el cielo del águila, las colinas cercanas eran del coyote y, por encima de todos ellos en poder y presencia, el poderoso búfalo. Ése era el universo de los kiowa. Y en esta llanura, con sólo cuarenta y nueve estaciones, había matado, él solo con su arco, un búfalo adulto. Sin ayuda de nadie. Así ganó su nombre de guerrero, Guipahgah, el Lobo Solitario. Entre los kiowa nadie recibía un nombre hasta que no se lo hubiera ganado.

Levantó los ojos hacia el horizonte. Allá, hacia el suroeste, se recortaba la silueta del gran árbol ceremonial. Allí mismo, al llegar a la edad adulta, había pasado siete días sin comer, intentando unirse con la Madre Tierra, intentando demostrarse a sí mismo que tenía lo necesario para ser un chamán, el hombre destinado a guiar a su pueblo en tiempos de paz. Y allí, tras siete días de soportar hambre, dudas, frío, alacranes, calor, insectos y calambres finalmente había recibido la visita del Gran Búfalo Blanco. Entonces lo supo. Supo que había sido considerado digno por la Madre Tierra. Y que, de entre todos los kiowa, sólo él tendría el privilegio de conocer el día de su muerte; el día en que volviese a ver al Gran Búfalo.

Habían pasado más de cuarenta estaciones. El hombre que caminaba hacia la secuoya era un espectro del joven chamán que una vez fue. El sabio que estaba destinado a guiar a su pueblo fue precisamente el primero que se perdió, antes incluso de iniciar el camino. Fue él, el que se dejó engatusar por el hombre blanco; por sus armas, por sus mujeres de perfumes dulces, por sus bebidas idiotizantes. Fue él, el que no supo ver cómo el castor, el coyote e incluso el poderoso búfalo huyeron en cuanto el hombre blanco se asentó en la llanura. La Madre Tierra cuidaba de sus criaturas, y le hablaba a través de ellas, pero Guipahgah estaba sordo.

Finalmente su propio pueblo se marchó, siguiendo a las grandes manadas. Se marchó sin él. Pero ya por entonces no era un chamán. No era un guerrero. No era ni siquiera un hombre, porque no era libre, y un kiowa no puede ser hombre si no es libre. Y cuando dejó de ser útil al hombre blanco como mediador con la tribu, tuvo que comenzar a buscar un medio para conseguir lo que antes le regalaban. Así terminó danzando en la calle, interpretando las antiguas danzas rituales heredadas de los antepasados, las más sagradas expresiones de un pueblo que era sabio antes de que el hombre blanco caminara erguido, todo por unas monedas para aplacar la terrible sed.

Los momentos de lucidez eran los peores. Cuando toda su vida se atropellaba en su cabeza. Cuando la repugnancia por aquello en lo que se había convertido le llenaba el alma como si la sumergiera en brea. Y esa noche, tras uno de esos momentos, había decidido, aún no sabía muy bien por qué, encaminarse a la gran secuoya. Sabía que la redención no era posible. Un chamán no puede redimirse, porque no puede fallar. Cuando falla, deja de ser chamán irreversiblemente. Pero el dolor de su alma buscaba consuelo en el antiguo lugar sagrado, donde todos los chamanes que le precedieron habían encontrado el descanso, dando vida al gran árbol.

Se sentó junto a las raíces nudosas, cerró brevemente los ojos y los abrió, sobresaltado ante un ruido inesperado. No necesitó volverse para saber que el Gran Búfalo Blanco pastaba tranquilamente junto a él. Y el hombre que una vez mereció ser llamado Lobo Solitario lloró. Lloró sin medida, sin freno. Lloró de alegría. Porque la Madre Tierra le perdonaba, la Madre Tierra lo consideraba digno de reclamarle como el chamán que había sido, no como el despojo en que se había convertido.

Guipahgah cogió su cuchillo ceremonial. Era curioso pensar que lo había conservado todos estos años, no por lo que representaba, sino porque nadie roba a un borracho armado en una ciudad llena de borrachos indefensos. Con un solo corte, preciso, profundo, el Lobo Solitario abrió las venas de su brazo izquierdo, el brazo con el que, siendo apenas un niño, tensó el arco que mató a un búfalo. Su sangre brotó despacio. Cerró los ojos y dejó que sus sentidos despertaran del letargo. Pudo sentir cómo se empapaban las raíces de la secuoya. Pudo oír el aullido lejano del hermano coyote, que en breve vendría a alimentarse de él. Pudo adivinar el vuelo cadencioso del buitre, que borraría los últimos rastros de su cuerpo. Y Guipahgah sonrió, mientras Madre Tierra acogía de vuelta al hijo perdido durante tanto tiempo.

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3 comentarios »

  1. El último párrafo me parece el mejor. Hay tensión, y la tensión crea interés. El relato arranca bien pero el viaje a la juventud de Guipahgah nos cuenta algo que, sin necesidad de conocer los detalles, no nos cuesta imaginar: la desaparición de un pueblo nativo americano a través de una experiencia personal, una historia que el cine nos ha mostrado con gran solvencia en repetidas ocasiones. Este comentario lo hago con la mejor de las intenciones. Si tus textos no merecieran la pena no me molestaría en darte mi opinión (a su vez siempre criticable; además, tras una nueva lectura es muy posible que cambie de opinión). Greetings from Forest Hill.

    Comentario por cautivador — febrero 7, 2009 @ 2:13 am | Responder

  2. Muchas gracias por tu comentario, Cautivador. Es curioso, en mi otro blog me han dicho que el relato se les quedaba corto… Supongo que para gustos hay colores, pero lo cierto es que este relato no está demasiado pulido, más bien publicado casi sobre la marcha, así que (como en todos) agradezco sugerencias y puntos de vista. Saludos a Forest Hill (hace… no sé, hace una vida era un visitante asiduo del South East, sobre todo Blackheath) y abrígate, que creo que está cayendo una buena…

    Comentario por dannymacgill — febrero 7, 2009 @ 1:35 pm | Responder

  3. Gracias. Yo también iba mucho a Greenwich y Blackheath cuando vivía en Lewisham. Ahora, sin embargo, no tengo tiempo sino para visitar el centro de tarde en tarde. El tiempo tampoco ayuda demasiado. Aquí las aceras aún están con nieve helada. Tanto council tax para qué, me pregunto. Ni sal tienen estos pendejos. Estoy como loco esperando que llegue la primavera. Dulwich Park es una maravilla en esa época.

    Sobre el relato no me hagas mucho caso. Solo es una opinión. Lo que sí creo es que el relato-post es una especie de subgenero del relato: no ha de extenderse más allá de las mil palabras si pretende obtener lectores. Hay demasiadas cosas interesantes en internet como para pasarse más de 5-10 minutos leyendo un relato en la pantalla del ordenador.

    Lo bueno de escribir ficción en un blog es que puedes recibir comentarios anónimos. Yo personalmente estoy cansado de que mis amigos me digan “pues sí, no está mal” o “no he tenido tiempo de leerlo” o “por qué no intentas publicarlo”. Las memeces de siempre. Creo que la ficción en blog abre las puertas a otro tipo de relación entre autor y lector.

    Bastante por hoy. Saludos.

    Comentario por cautivador — febrero 7, 2009 @ 2:36 pm | Responder


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