El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

enero 23, 2009

Relato: Secreto de confesión

El padre Wilhelm se encontraba arrodillado en uno de los reclinatorios, junto al altar de su pequeña iglesia. Su frente descansaba sobre sus manos, crispadas y entrelazadas. El padre Wilhelm rezaba desde lo más profundo de su alma, sumido en la soledad y el desamparo, habiendo sentido la presencia del Mal absoluto y habiéndose sentido desprotegido por su dios, como nuestro señor Jesucristo lo había estado en el desierto, casi mil cuatrocientos años antes.

La gente de Schlossbourg no se distinguía de la del resto de las aldeas de la Selva Negra. Muchos campesinos y algunos comerciantes, gente trabajadora y honrada. Gente temerosa de dios. Todos salvo la señora Van Kampen. La señora Van Kampen debía andar por los sesenta años y no vivía en Schlossbourg, sino en el bosque. A pesar de su edad, gozaba de una salud de hierro. Vivía sola y únicamente de vez en cuando bajaba al pueblo, a vender remedios a base de hierbas y raíces. Al padre Wilhelm no le gustaba la señora Van Kampen. No le gustaba su carácter hosco, ni que se dedicase a fabricar remedios de dudosa procedencia. Y desde luego desaprobaba que nunca fuera a misa, ni siquiera los domingos. Dicho esto, le costaba dar crédito a quienes decían haberla visto hablar con las bestias del bosque y a quienes aseguraban que en las noches de luna llena realizaba macabros rituales y bailaba desnuda a la luz de una hoguera. Todas esas cosas pasaban, es cierto, pero más al norte, tierras paganas y descreídas, pero no en Schlossbourg. Sin embargo, el padre Wilhelm se había propuesto vigilar de cerca a la señora Van Kampen.

Todo cambió hace una semana. Las inquietudes del padre Wilhelm, las historias que había creído descabelladas o febriles, los peores temores se volvieron de repente tangibles, ciertos, angustiosos. La señora Van Kampen no sólo era, en efecto, una adoradora de Satán, sino que además distaba mucho de ser inofensiva. Había intentado utilizar a niños del pueblo para sus ritos nefandos e innombrables, atrayéndolos con promesas de golosinas y pasteles. Definitivamente el Mal, en su versión más demoníaca, perversa y horrible, se había hecho carne en Schlossbourg. No había tiempo para recurrir al brazo secular. A saber cuánto tardaría su señor el duque en tomar cartas en el asunto. A los nobles tanto les daba si sus siervos, distantes y pobres, sufrían o morían. No, era la obligación del padre Wilhelm preservar a la buena gente de su pueblo de la pezuña de Lucifer.

Y eso hizo. Arengó y organizó una turba que pronto entendió la gravedad del problema. Marcharon hacia el bosque a la caída del sol, con hoces, guadañas y antorchas. El padre Wilhelm, al frente de la comitiva, rezaba salmos en voz alta, infundiendo confianza en sus corazones, confianza en dios nuestro señor, confianza en que estaban haciendo lo que se esperaba de ellos. Gracias a sus palabras y ánimos, los corazones de los campesinos no desfallecieron y los gritos y conjuros que lanzaba la maldita bruja Van Kampen desde el interior de su casa no lograron espantarles y desbandarles. Prendieron fuego a su cabaña, y allí permanecieron hasta el alba, cuando sólo quedaban rescoldos humeantes como mudos testigos de la maldad que habían erradicado esa noche. La ley de dios estaba para cumplirse.

Habían transcurrido unos días. Y el padre Wilhelm se había sentido henchido de orgullo desde entonces. No por él, porque el pecado de la vanidad estaba lejos del padre, sino por su pueblo, por cómo se habían unido para alzarse frente al mal como un solo hombre. Y hoy, satisfecho y tranquilo había oído a los niños de la escuela dominical en confesión. También a Hansel, el hijo mayor de los Hackelberger. Hansel, el niño de la sonrisa angelical. El mismo que había escapado de milagro de las infernales garras de la bruja Van Kampen. El niño que esa mañana le había contado cómo la vieja loca les había sorprendido, a él y a su hermana, mientras torturaban a un conejo que habían capturado en el bosque, y cómo les había reprendido y amenazado. Y también cómo, volviendo furiosos al pueblo, su hermana y él habían decidido inventar la historia de los pasteles, el secuestro y la huida de la cabaña del bosque.

– Al fin y al cabo, padre, sólo era una vieja que no le caía bien a nadie. Y fue muy divertido, verdad?

Y en ese preciso instante, mirando con horror la dulce sonrisa y la mirada risueña de Hansel Hackelberger, el padre Wilhelm había sentido, por primera vez en su vida, con absoluta certeza, la presencia del Mal.

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4 comentarios »

  1. ¿así que eso pasó con la bruja de Hansel y Gretel? ¿Tanto miedo durante tantos (tantos) años y resulta que era como seguramente seré yo dentro de muchos (muchos) años? Huraña madeja de huesos y arrugas rodeada de animales y escondida en lo más profundo, alejada de los seres humanos? ¡Eh, eh! ¡Eso se chiva antes!

    ¡Me ha encantado! (como no, claro, ya… :P)

    Comentario por Salam — enero 23, 2009 @ 2:01 pm | Responder

  2. Pues ya sabes: mantente alejada de los niños!!! Sobre todo los alemanes!!! ACHTUNG!!! Y el que avisa no es traidor… Bueno, vayas donde vayas, asegúrate de tener buena cobertura, ein? 😀

    Comentario por dannymacgill — enero 23, 2009 @ 10:31 pm | Responder

  3. ¿Jesucristo estuvo en el desierto? ¿Qué desierto? ¿Cuándo? ¿O se trata quizás de un desierto figurado, quizá espiritual? Puede ser, puede ser. Por lo demás bien. Interesante, solo los nombres se me hacen un poco demasiado góticos. No sé, algo más rural (ibérico o itálico) le daría mayor crudeza a la historia.

    Comentario por cautivador — enero 24, 2009 @ 3:51 am | Responder

  4. Pues si hemos de creer a los evangelistas, que desde luego no tenemos por qué… sí que anduvo por el desierto. Cuarenta días, ahí es ná. Con esa caló, mare mía. La verdad, espero que fuera figurado porque si no, que pechá de sudar…

    Lo de los nombres, supongo que es cuestión de gustos. La idea era versionar Hansel y Gretel, claro, así que igual podía haberlos convertido en… en… hummmmmmm… Anselmo y Greta? No, desde luego, crudo hubiera quedado!!! 😀

    Muchas gracias por pasarte, Cautivador, y por tus opiniones. Le he echado sólo un vistazo rápido a tu blog, pero creo que merece una lectura detallada (time permitting), así que nos veremos pronto. Regards to London Town.

    Comentario por dannymacgill — enero 24, 2009 @ 1:41 pm | Responder


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