El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

enero 9, 2009

Relato: El diablo sobre (dos) ruedas

“El coche, esa máquina infernal que saca lo peor de nosotros. Mil kilos de metal que nos hacen perder la perspectiva, los buenos modales, la paciencia… que nos hacen sentir poderosos, especiales, invencibles.”

El carril bici cambiará nuestra forma de entender la ciudad. Eso pienso mientras pedaleo. Vale, el que diseñó el carril bici en esta ciudad sin mar ni lluvia tampoco se esmeró mucho: estrechamientos criminales, giros más cerrados que los de la carretera de Navacerrada, árboles junto al carril (cuando no en la mitad!!!),… De acuerdo, de éstos últimos no hay muchos, pero haberlos, haylos.

Los ciclistas estamos por encima de estos inconvenientes. Somos gente enrollada, ecologista, educada, cortés… seguro que la mayoría somos vegetarianos, amantes de los animales y miembros de media docena de ONGs. Claro que sí, coño. Mira si no esos dos.

Una señora, lejos ya del día en que cumplió los cincuenta. Embutida en un conjunto de falda y chaqueta contra su voluntad. Contra la voluntad del conjunto, quiero decir. Pelo cardado, bolso elegante en la cesta de la bici de alquiler del Ayuntamiento. Llamémosla La Repollo.

Un chico, veintipocos. Canijillo, pelo arracimado de aspecto pétreo. Pantalón vaquero, específicamente diseñado para dejar visibles los calzoncillos. Calzoncillos verde pistacho, todo sea dicho. Camiseta de la selección portuguesa de fútbol, de imitación. Mochila cutre en la bici de alquiler del Ayuntamiento. Llamémosle El Rastas.

Es increíble. Dos personas tan tan tan diferentes y míralos pedalear en fila. Se paran juntos en los semáforos, se sonríen. Les dejo cierta distancia, me gusta verlos pedalear en armonía. Creo que además los tres nos dirigimos hacia las facultades. Pues sí, eso parece.

Giramos en Reina Mercedes. Primera parada de bicis de alquiler: Escuela de Arquitectura. Todas las bornetas están ocupadas. Vaya, parece que mis dos compañeros de excursión empiezan a mirarse con nerviosismo. De repente El Rastas, que pedalea detrás, se levanta del sillín, aumenta el ritmo, intenta adelantar a La Repollo. La Repollo lo mira indignada. Pero le deja pasar. Claro que sí, hombre. Educación ante todo.

Llegamos a la segunda parada: Facultad de Biología. La estación más grande de todo el campus. Llena. El Rastas va algo más despacio, observando las bornetas con cuidado. De repente, La Repollo se pone en pie en la bicicleta, marca unos gemelos que serían la envidia de un sprinter belga y le adelanta por la derecha a toda velocidad hacia la tercera y última estación. Si no hay sitio allí, tendrán que irse hasta Los Bermajales y eso significa 10 minutos de caminata de vuelta. La Repollo no está dispuesta a correr el riesgo, mueve el manillar acompasadamente, resopla como un buey y de cuando en cuando se vuelve para marcar a El Rastas. El Rastas, repuesto de la sorpresa, comienza a aumentar el ritmo. Sube una marcha. Rápidamente se pone a rebufo de La Repollo y coge aire, intenta sobrepasarla demarrando por la derecha, pero La Repollo, en una maniobra auténticamente suicida le cierra el paso con un desplazamiento lateral que hubiese sido la envidia de Cipollini. El Rastas se tiene que frenar para no comerse uno de los árboles que flanquean el carril bici. La Repollo se vuelve un segundo con sonrisa porcina y triunfante. A esa velocidad, un segundo son diez metros. La distancia que la separa del árbol situado justo en el centro del carril. La colisión es brutal, la bicicleta queda atravesada en el carril, y La Repollo espatarrada en posición francamente indigna. El Rastas estaba demasiado cerca. No puede esquivar la bici, pasa por encima, pierde el control y cae cuan largo es. Su pantalón, milimétricamente sujeto en la cintura, retrocede por el roce con el suelo. Los calzoncillos verde pistacho resultan ser bóxer, después de todo.

Gracias al sprint, he tomado cierta distancia. Puedo esquivar las bicis y los cuerpos que ahora parecen moverse a cámara lenta. Cuando paso por la estación de la Escuela de Informática, no puedo evitar fijarme. Hay siete bornetas libres.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (13/11/08). Tema propuesto: Las bicicletas y la ciudad.

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3 comentarios »

  1. ¡jajaja! me parto :DDD ¡¡¡¡Yo no podré llegar a subir nunca la cuesta que me lleva a la Universidad, SEÑORRRRR!!!!

    Comentario por Salam — enero 23, 2009 @ 2:03 pm | Responder

  2. Ésa es una ventaja de Sevilla; casi no hay desniveles. Y eso de que no subes la cuesta… me lo cuentas en Abril, vale? Pero cuidadito con los piques… 😉

    Comentario por dannymacgill — enero 23, 2009 @ 10:25 pm | Responder

  3. Mira… Creo que con este me he reído más que con el de Fast Food.
    He vivido eso día a día durante cinco meses enteros (hasta que en enero me cancelaron el carnet y ya me dio pereza llamar. A ver si un día de estos…). El caso es que yo venía desde la Palmera (intuyo que igual que tú), a hora punta, y ya en el Hospital de Fátima nos juntábamos como una fila de diez ciclistas, todos dirección Reina Mercedes (salvo uno, quizás), reconociéndonos como rivales. Era una auténtica carrera. Algunos, seguían por La Palmera hasta la esquina del final, recorriendo todo el carril-bici. Pobres, no sabían que eso ya les haría quedarse sin borneta. Los demás girábamos en la anterior, en la calle que siempre está hasta arriba de coches en doble fila, y en triple también. Claro, al llegar al final, o te saltas el semáforo, o te quedas sin borneta también, así que a la suicida, que pase lo que tenga que pasar, pero si yo llego tarde a clase, que no sea porque no encontré borneta, sino porque me atropelló un autobús. Ahora tocaba el sprint final, era duro, y por supuesto el podio era para los que llevaban el sillín hasta arriba (yo entre ellas, que no tengo piedad ninguna si de encontrar sitio se trata). Total, que yo no sé como en los cinco meses esos no me atropellaron ni una sola vez, que me han pitado más coches que en toda mi vida (y con razón, no digo yo que no). Pero… sólo una vez, ¡sólo una! tuve que irme a la del estadio del Betis 😀

    Claro, entonces no fumaba, si no todo esto hubiera sido absolutamente inviable. (Ahora tampoco fumo ¿eh? Llevo ya… casi dos semanas y limpia y sin ganas :))

    PS: La parada de Informática es la cosa más rara del mundo, algunas veces está todo libre, otras veces todo lleno, mejor no fiarse mucho… :S

    Comentario por Mac — abril 1, 2010 @ 3:49 pm | Responder


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