El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

enero 3, 2009

Relato: Por Dios, por el Rey

Mi nombre es Gaspar de Carvajal, y vine a nacer en la muy cristiana ciudad de Trujillo, en el año de nuestro Señor de mil y quinientos, el mismo que su Católica Majestad Carlos Primero, a quien Dios guarde muchos años. En mi juventud seguí los designios de mi padre y serví a la Corona de Castilla en el campo de batalla, en el Milanesado. Con veinticinco años peleé en Pavía, ganando los galones de oficial, a base de dar toledana y enviar a san Pedro no menos de diez y seis corchetes franceses, y por mi vida juro que en semejante providencia hallé todo el solaz que mi joven alma anhelaba.

Mas no hubo aquel de ser mi destino, cuando ya para tal menester parecía mi oficio encaminado. El saco de Roma, que tan buenas ganancias de aquéstas y de las otras propició a nuestro Rey también le hizo perder a un oficial, horrorizado por la magnitud del pillaje de los Santos Lugares. Aquel infausto 6 de mayo de 1527 decidí rendir la espada y tomar el hábito dominico que hoy aún visto, quince años después, en esta tierra hostil de las Indias Occidentales, donde tanto trabajo queda pendiente para los ministros del Señor.

Quizá fuera mi pasado como hombre de armas lo que decidió al capitán Orellana a emplearme como capellán en su expedición al País de la Canela, remontando el río Napo. El contar con apenas cincuenta hombres hacía necesario que incluso el siervo de Dios que ha de acompañar al ejército sepa tirar, cuando menos de vizcaína, cuando más, como en mi caso, de espada y arcabuz, llegada la necesidad. Para mayor mal, casi todos los que nos acompañan no son hombres dignos de tal título pues menos fijosdalgo castellanos se encuentran aquí que en los lupanares de La Rochelle. Muchos voto a tal y por vida de, pero al final no son sino vil gleba, deslumbrada por la promesa de oro y pillaje. Ellos me tienen por un sacerdote mojigato y creen que no los conozco, que no los siento algunas noches, apareándose de manera nefanda como si fueran marineros ingleses… Salvo el capitán Orellana, que es hombre cabal y buen cristiano, el resto de quienes comparten penurias con nosotros son menos dignos de la misericordia del Altísimo que de tres palmos de acero en el pecho.

No ha más de tres días, en este interminable edén terrible donde Dios nos pone a prueba, me hallaba sumido en estos pensamientos, consumido del hartazgo de la compañía de la infame soldadesca, tan alejada de la bravura y la gallardía junto a la que yo había enarbolado la bandera del Rey Carlos en Italia. Adentréme en la espesura, huyendo de las chanzas y de los malos olores que acompañan el campo de nuestra comitiva, y hallé algo parejo a un sendero que se adentraba entre los grandes árboles de caucho. Pisando con cuidado para no alertar de mi presencia a las bestias, me hallé pronto frente a un lago, al cual iba a morir una pequeña cascada. Y allí las vi.

Eran dos los ángeles de apariencia femenina los que jugaban junto al pequeño caño, en una bendita e inapropiada desnudez. La más pequeña no debía contar más de trece años, y sus ojos se adivinaban puros y profundos. La otra, que había de andar en edad por los veinte, tenía la piel mucho más morena, como las mujeres de Berbería, y sus senos eran grandes y generosos. Yo no podía por menos que pensar en la tierra que manaba leche y miel al mirarlos, sumido como andaba en una vorágine de sensaciones desconocidas largo tiempo ha. No tardaron mucho mis pensamientos en mudar, sin embargo. Debía volver y advertir a Orellana y a los demás de la existencia del lago. Y debía hacerlo pronto y en silencio. Pluguiera al cielo que pudiésemos tomar rehenes a las dos mujeres, que para despejar sendas y agrandar linderos no suele ser mala razón el tener tu vida en manos ajenas.

Pero algo me contuvo, y fue el recuerdo de Roma. No era yo ajeno al destino que el cumplimiento de mi deber procuraría a estas mujeres. Primero pasaríamos a cuchillo a todo hombre, anciano, niño, cual Josué en Jericó. Luego, mis compañeros de misión violarían y vejarían durante varios días a las mujeres, sin mirar edad ni condición, hasta que sus apetitos carnales se viesen saciados para largo. Al fin y al cabo tienen el visto bueno de la Santa Inquisición, por no ser criaturas bautizadas ni haber sido iluminadas con la Buena Noticia, sino vivir en comunión con las bestias y realizar de seguro adoraciones paganas. No sé si fue la inocencia que vi en sus rostros y maneras lo que me contuvo, no sé si fue Satanás quien me puso a prueba en ese preciso instante y ganó mi alma para la eternidad.

Fuera lo que fuese, enarbolé mi arcabuz, le di pólvora y disparé al cielo. Las mujeres, tras el sobresalto inicial, gritaron y se apresuraron a huir entre las rocas, por un sendero oculto a quien no supiere dónde buscar. Al poco aparecieron Orellana y dos de sus hombres, alarmados por el estruendo. Al ver el lago prorrumpieron en vítores a mi persona, pues nuestros pellejos de agua dulce andaban menguados. Los dos soldados volvieron a ayudar a trasladar el campo, mientras el capitán quedóse conmigo, contemplando el hermoso lago con expresión risueña.

– Lo sabía, fray Gaspar. Sabía que era usted un hombre del Rey. Un hombre de los nuestros.

Miré yo también en su dirección, aunque a diferencia suya, en mi caso intentaba discernir qué clase de hombre era yo.

Narro esto ahora para descanso de mi alma y para que, si no quisiere el Señor en su omnisciente misericordia que lleguemos a la costa y de nuevo a tierras cristianas, queden por escrito mis motivos para rehuir mi misión como hombre de Dios y como hombre del Rey. No me arrepiento, bien lo sabe el Supremo Hacedor, si bien conozco que falté a mis promesas, a las humanas y a las divinas. Mañana dejamos este lago, y si Dios Padre así lo quiere sólo nos llevaremos con nosotros abundante provisión de agua dulce. Y las indias que vi, las dulces mujeres ignorantes de nuestro Señor Jesucristo y su Evangelio, esas mujeres que atormentarán mi mente pecadora hasta el fin de mis días, permanecerán a salvo de nosotros. Al menos por ahora.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (30/10/08). Tema propuesto: Una ducha.

Anuncios

2 comentarios »

  1. Cuando escribes así, veo lo que escribes
    😀
    M.E.
    = me encanta :D)

    Comentario por Salam — enero 23, 2009 @ 2:07 pm | Responder

  2. Muchas gracias, Salam, viniendo de una fotógrafa de momentos como tú, es todo un halago. 😉

    Comentario por dannymacgill — enero 23, 2009 @ 10:20 pm | Responder


RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: