El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

enero 2, 2009

Relato: De padres a hijos

Sentado junto al oficial Johnson escudriño el mar con los anteojos. Ése es mi cometido en este bote. El oficial está concentrado en el timón, el resto de los hombres útiles reman acompasadamente. Las mujeres ocupan la proa, donde la señorita Carpenter, armada con unos anteojos iguales a los míos, busca una esperanza en forma de isla. Johnson no es optimista al respecto. Pero a mí sólo me preocupa alejarme del lugar del naufragio.

Ese lugar, donde hace poco la Hope se debatía inútilmente contra su destino, es ahora mar en calma. Más o menos. Algunos borbotones siguen dando fe de la localización del pecio. Johnson me interroga con la mirada. Niego con la cabeza. Nadie. Por suerte, nadie.


Nadie de mi familia vino a bendecirme cuando nací hace 32 años, el 6 de junio de 1835, cerca de Debrecen. El nombre que me concedieron fue Samuel Esterhazy. Hijo de Levi, hijo de Jacob, hijo de Simeón. Mi genealogía se remonta a José, el intérprete de sueños en el destierro egipcio. Desde entonces, o así se contaba en mi familia, los primogénitos varones hemos sido bendecidos con el don de la clarividencia. Un don extraño y caótico.

Muchas veces, cuando se nos desvelaba el futuro, no era el de la persona que nos servía de vehículo. Era el de sus hijos, sus nietos. Eran impresiones, imágenes inconexas. Había que interpretar adecuadamente los signos y las visiones. Era todo un arte, un arte en el que había que ser instruido desde la infancia y que había que estudiar durante toda la vida. Un arte al que mi padre renunció al casarse con una gentil.

El matrimonio levantó una gran polémica en la familia. Mi abuelo Jacob vaticinó que mi padre había traído la desgracia a nuestro hogar, que el precioso don de los Esterhazy se perdería para siempre. Mi padre renunció a su linaje, a su religión, dejó Budapest, se mudó a Debrecen y trató de empezar una nueva vida con mi madre. Yo fui su único hijo.

Cuando tenía seis años desperté a mi padres una noche, llorando sin consuelo. Me abracé fuerte a mi madre y no la solté hasta la mañana, cuando el cansancio me venció. Dos horas después murió en la calle, arrollada por una calesa. Mi padre no soportaba verme desde aquel trágico día y terminó por enviarme con mi abuelo. Nunca volví a saber de él. Crecí como un Esterhazy; estudié, me esforcé, pasé largas horas entre la Torá y antiguos textos cabalísiticos, bajo la severa mirada de mi abuelo. Todo fue inútil.


– Es inútil, oficial Johnson. El agua debe estar casi congelada. Nadie que no haya aparecido ya puede haber sobrevivido.
– Lo sé, Vincent… lo sé…. Le importa seguir mirando, por favor?

Está desesperado. Se siente responsable. Por suerte para mí, ignora la verdad.


La verdad no tardó en hacerse evidente. Conforme crecía, el don desaparecía en mí. En la comunidad de Budapest no tenía el respeto que había logrado mi abuelo, pero sí provocaba el mismo rechazo instintivo que él. El rechazo a lo distinto, a lo que no se comprende. Cuando tenía quince años acompañé a mi abuelo en su lecho de muerte, le tomé las manos, recé las oraciones, leí la Torá para él. Su última semana de vida no me reconocía. Ése era el destino de una mente ungida por Yahveh, pensé. Hice las maletas y desaparecí de la casa de mi familia para no volver.

Vagué por toda Europa. París, Londres, Weimar, Basilea,… todos los centros culturales del continente. Y en todos busqué a los mejores maestros en magia. Estudié con El Gran Cornelius, el genio del ilusionismo, una mente privilegiada para concebir aparatos, juegos de luces, efectos sonoros. Compartí con Maskelyne la iniciación en el arte del escapismo y me inicié con James Braid en las teorías de Mesmer sobre la hipnosis y el mentalismo.

Así me convertí en Vincent Kyklops, gran maestro helénico. El Gran Cornelius me advirtió. Nadie irá a verte por ser judío, pero sí puede que haya quien deje de ir porque lo seas. Mis rasgos, heredados de mi madre, me ayudaron a pasar por gentil. Nunca fui bueno, cierto. No como los grandes. Pero sí era hábil. Lo suficiente como para vivir de mi arte, poder viajar, conocer mundo. Y, finalmente, lograr este puesto como mago de la Hope, donde mi antiguo linaje ha terminado por darme alcance, haciéndome responsable directo de la muerte de cientos de inocentes.


No quería sobre mí la muerte de cientos de inocentes. Yahveh sabe que lo he intentado. He intentado hacerlo con mis propias manos. Pero no puedo. No soy capaz. A pesar de todo lo que he visto. Tendré que hacerlo de otra forma. Aunque eso suponga más muertes. No podré vivir con el peso de las terribles desgracias que llegarán si no hago algo.

Llamo con dos golpecitos breves y entreabro la puerta del camarote.

– Puedo pasar, capitán?

El capitán Blade está inclinado sobre una carta. Es un momento delicado de la navegación, todos los miembros de la tripulación lo sabemos. Necesita estar atento, necesita precisión para contrarrestar la corriente del Golfo y alejarse de los peligrosos icebergs que pueblan esta zona del océano en invierno.

– Claro, Vincent, dígame.
– Verá, sólo quería agradecerle el que me haya permitido viajar en la Hope este último año. Para mí ha sido muy importante.
– Bien, bien,…
– Por eso me he tomado la libertad de traer algo…

Saco de mi bolsillo la botella. Absenta húngara. Me juego doble contra sencillo a que este lobo de mar nunca ha probado nada igual. Sus ojos se empequeñecen.

– Hombre, Vincent, estoy ocupado…
– Pero tiempo para un brindis tendrá, no? No pienso entretenerle, un trago y me retiro.

Noto la duda, noto cómo la llamada es fuerte.

– Bueno, venga, total un traguito…
– Además con este frío, jejeje…
– Usted que lo diga… y eso que yo soy de Nueva Escocia.
– Salud, capitán Blade. Por una travesía tranquila.
– Salud.

Bebemos de un golpe. Sus pupilas se dilatan. Cierro la botella. La dejo sobre su mesa y le miro.

– Buenas tardes, capitán.

Cierro la puerta. Sólo me queda esperar.


Sólo me queda esperar a que la distancia entre nuestro bote y la Hope se agrande para acallar los remordimientos de mi alma. De repente algo se mueve. Una cabeza surge de entre las aguas. Es él… Oh, Eli, es él… No puede ser!!! Johnson me ha visto dar un respingo.

– Hay algo, Vincent?
– No, oficial. Siento haberle alarmado. Sólo eran restos.

Vuelvo a mirar a través de los anteojos, fingiendo buscar.


Finjo buscar un rostro entre el público. En realidad lo tengo localizado perfectamente.

– Veamos… el caballero… déjeme pensar… usted es de Austria, cierto?
– Demonios, sí!!!

Aplausos del público. Si no lo hubiese escuchado hablar en ese alemán tan peculiar en el desayuno quizá hubiese tenido mérito… Intento que el aroma inconfundible de su aliento no me maree. Este hombre se ha bebido su peso en cerveza. Bueno, vamos a algo sencillito. Profesión, familia,…

– Me deja su mano, por favor?

El austriaco me da la mano, mirando alrededor para fijar en su retina este momento fugaz de protagonismo. Y de pronto las imágenes me inundan. Cañones, máquinas voladoras; armas de guerra gigantescas que me son desconocidas; miles, millones de rostros expresando un sufrimiento insoportable; cuerpos deformes; la estrella de David; gigantescos crematorios… Oh, Adonai, qué es esto? Qué significa este horror? Este hombre, aparentemente inofensivo, será el responsable de todo esto?

– Cómo se llama usted?
– Qué? – No entiende la pregunta. Lo sé, no es normal en un adivino.
– Que cómo se llama!!

Me mira con expresión extraña. Toda la complicidad, toda la camaradería etílica ha desaparecido.

– Me llamo Alois, Alois Schicklgruber .

Le miro a los ojos. Y tomo la decisión que sé que cambiará mi vida. Tengo que matar a este hombre.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (23/10/08). Tema propuesto: El hundimiento de la “Hope”.

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