El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

diciembre 26, 2008

Relato: Flashback

Una versión moderna (?), y muy muy libre, de “Cuento de Navidad”…

I. EL JAGUAR

Estoy en el coche del padre de Marco Antonio. Marco Antonio y yo somos compañeros de banca desde primero. Hemos hecho un trabajo en su casa, sobre la penitencia, y ahora su padre me lleva a la mía. El padre de Marco Antonio tiene un supermercado, uno de los primeros que abrieron en la ciudad. Y un Jaguar. Cuando entro en él, no puedo evitar compararlo con el coche de mi padre. Ni siquiera huelen parecido. Marco Antonio me mira con ojos pícaros. Me pregunta:

– Y tu padre, ¿qué coche tiene?

Yo debo tener siete o ocho años, porque mis padres aún viven… Intento mantener la dignidad mientras respondo:

– Un RENAULT 4L

Digo la marca bien fuerte, porque mi padre siempre dice que los Renault son coches muy buenos. Son franceses. El padre de Marco Antonio sonríe, pero no me gusta lo que dice su sonrisa. Después comenta:

– El 4L es un buen coche. Sí señor.

No parece sincero. Me siento pequeño y estúpido dentro de este coche, sobre esta tapicería que parezco no merecerme. Odio a mi padre. Tomo nota. Cuando sea mayor, mi hijo irá en un Jaguar. Mi hijo no se avergonzará jamás de mí.

II. EL BESO

Mi primer beso con Sara. En plena clase de Microeconomía. Todos sabían que estábamos tonteando, pero nadie, y menos que nadie Sara, esperaba que fuera a darle un beso en plena clase del Caraculo. Sara está colorada, pero me mira de una forma… En ese momento, sé que es mía, que lo será para siempre.

III. LA ABUELA

Acompañando a mi abuela hasta el coche de la residencia. No se detiene, no se vuelve, pero no se quiere ir. Normal. Esto no está al alcance de ella, no puede comprenderlo. No entiende que ahora es el momento. El solar de la casa vale una fortuna, eso dice la tasación, pero la casa en sí es una ruina total. Mi amigo Carlos nos ha hecho el proyecto por la mitad de precio, Rober nos ha encontrado un contratista de confianza. Con lo que cuesta encontrar alguien ahora que te levante una casa…

Sara no parece muy contenta. Parece mentira que sea economista. No entiende nada.

– Es tu abuela, cariño. Te crió ella, ella sola. Y ésta es la casa donde ha vivido toda su vida. Por dios, si nació aquí…

Me concentro en ayudar a mi abuela, en su camino vacilante hasta el coche. Entra en el coche, con los ojos húmedos. Mi abuela siempre tiene los ojos húmedos.

– Vendrás a verme mucho, verdad, mi niño?
– Claro que sí, abuela, ya lo sabes… Mira, mañana mismo me paso y te llevo unos libros para que te entretengas.
– Ay, hijo mío… Tú no sabes que yo no sé leer bien? Si yo sólo sé leer para mí…

Me besa como si no fuera a verme más. El coche arranca. Me siento liberado. Quizá porque sé que no la volveré a ver.

IV. ALEJANDRO

Alejandro en mis brazos. Es diminuto y mueve las manos como si quisiera rascarse la nariz. No puedo quedarme mucho en el hospital, tengo trabajo, el mundo no se para porque nazca mi hijo. De todos modos la madre de Sara está aquí y me dice que los hombres en estas ocasiones estorbamos más que ayudar. Supongo que tiene razón… Si me doy prisa puedo llegar a la apertura de Chicago.

V. TENIS

Sara entra en mi office. El Nikkei está disparado. Hoy puedo ganar fácil de 500 a 600 mil dólares para la empresa. Yo solito. A ver qué cojones quiere. Sara al servicio.

– Tenemos que hablar. – Buf, servicio a la red. Como no mejores, no conseguirás que me digne a quitar la vista de la pantalla… – Son los niños… Creo que tienes que pasar más tiempo con ellos, cariño… Lo creo de verdad.

Joder, joder, JODER. Voy a terminar rápido con este punto, porque no es el momento. Qué inoportuna puedes llegar a ser, Sara, hostias.

– Sara, hemos hablado de esto muchas veces. Tú eres la que se encarga de eso. Tú no tienes otra cosa que hacer. Yo les dedico el tiempo que puedo… pero tengo trabajo, tengo responsabilidades… – No, creo que no va a valer… seguro que me devuelve esta pelota.

– Ya lo sé. – Silencio. – Ya lo sé. Pero tus hijos se están convirtiendo en unos desconocidos para ti. Y tú para ellos. No recuerdas sus cumpleaños si yo no te lo digo, no sabes quiénes son sus amigos, no…

Decido acabar por la vía rápida. Un buen revés de derecha, como los que devuelve el jefe. Qué cabrón, nadie diría viéndole jugar que tiene más de cincuenta…

– Y qué quieres que haga yo? Crees que tengo tiempo para eso? Y quién gana entonces el dinero? Eh? EH? Quién paga esta casa? Quién paga el puto colegio inglés? Quién paga las vacaciones en Canadá?

Anda, devuelve esto, Sara… Baja la vista. Abre la puerta. Desde el dintel me lanza su último golpe.

– Y quién necesita esta casa, ese colegio y las vacaciones en Canadá…

Cierra la puerta. Punto para Sara. Mierda.

VI. DESPERTAR

Abro los ojos… dónde estoy? Dónde cojones estoy? Sábanas blancas. Luces fluorescentes… Una cara amable, una señora gorda. Dice algo, no la entiendo. Viene un tipo. Pelo entrecano, gafas baratas. Me coge la muñeca. Mira un aparato que está a mi lado. Empiezo a recordar… subiendo las escaleras de la Bolsa… el dolor en el pecho, la asfixia… En ese momento sólo podía pensar en qué día es el cumpleaños de Alejandro… no podía recordarlo… era el 13 o el 14 de mayo?

Trato de hablar. Mi boca está pastosa, así que articulo con cuidado.

– Podría alguien dejarme un móvil? Tengo que llamar a la oficina.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (16/10/08). Tema propuesto: La Bolsa.

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7 comentarios »

  1. ¿Va a llamar a la oficina para decir que ya no vuelve más? ¿no? Que se tomará unas laargas vacaciones, ¿verdad? Dime que sí, anda… 😀

    Comentario por Salam — enero 3, 2009 @ 3:40 am | Responder

  2. Pues… no sé qué decirte… La verdad es que la historia quedó ahí precisamente por eso. Ya sé cómo lo quieres ver tú, pero, si fuera tu historia… cómo acabaría??? 🙂

    Comentario por dannymacgill — enero 3, 2009 @ 10:56 am | Responder

  3. si fuera mi historia, y yo que soy más previsible que ese agujerito del calcetín que promete ser “tomatazo”, le haría regresar a su despacho, una vez más. Le mostraría las vistas del trepidante tráfico de ahí abajo y, mientras se quitaba la corbata con un gesto cargado de libertad y suspirando hondo, le haría tirarla a la papelera de diseño (gris metalico, dura, despiadada… como toda papelera VIP debe ser), y mientras se desabrochaba el primer botón del cuello de su camisa de seda, pulsaría la tecla, cuando le pasasen con su hiperemegaentregada secretaria (en todos los sEnTiDoS), le ayudaría a pronunciar estas palabras:

    – Querida, no sé cómo lo vas a hacer… pero yo ya estoy a mil años luz de todo esto. Me despides del Jefe. Voy a pedir una baja tras otra, así que más le vale darme un buen finiquito… Voy a recuperar el tiempo perdido… No digas nada, lo nuestro también es humo y lo sabías. Tengo un hijo precioso, mi mujer es idiota por haber esperado tanto, pero ahora le compensaré. Te lo juro.

    Y después me imagino a este ser en una especie de carrera loca tipo ¡qué bello es vivir! por la Gran Vía madrileña, dándole un beso en la frente a su limpiabotas/confesor y comprando ese peluche primoroso que sabe que hará que su mujer ponga los ojitos de… ¿WALL.E?

    Y, desdeluegoporsupuestofaltaríamás, en la siguiente escena, Sara, Alejandro (en los brazos de papá) y la abuela, preparan juntos el chocolate porque mañana vienen los Reyes.

    Será porque es Navidad, pero me apetece así…
    🙂

    Comentario por Salam — enero 5, 2009 @ 1:43 pm | Responder

  4. No deja de ser curioso. Psiqui (psiquiatradefamilia, del Club de los Jueves) vaticinó el final diametralmente opuesto. En fin, será que prefiero los finales abiertos a los felices (casi siempre)… pero es hermoso que haya quien piense que nunca es tarde.

    Salvo para la abuela. La abuela ya ha muerto. 😉

    Comentario por dannymacgill — enero 5, 2009 @ 2:21 pm | Responder

  5. ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

    Comentario por Salam — enero 6, 2009 @ 4:03 pm | Responder

  6. ¡Es que no puedo soportar la infelicidad ni siquiera de mentirijillas!

    Comentario por Salam — enero 23, 2009 @ 2:09 pm | Responder

  7. Oh, oh… igual has escogido al cuentista equivocado… 🙂

    Comentario por dannymacgill — enero 23, 2009 @ 10:18 pm | Responder


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