El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

diciembre 19, 2008

Relato: Fast food

Cornmarket Street es una preciosa calle peatonal, entre la antigua torre sajona del Carfax y la iglesia de St Mary Magdalen, con su correspondiente cementerio. Supongo que puede considerarse el epicentro comercial de Oxford. No es mucho decir, claro, Oxford no llega a los ciento cincuenta mil habitantes. Para ser el epicentro comercial basta un empedrado elegante, un par de tiendas de ropa, tres sucursales bancarias, un WHSmith y… un McDonald’s.

Ese McDonald’s es el escenario principal de nuestra historia, aunque la trama comienza propiamente bajo el Carfax, donde el Barón Rampante, Govinda y un servidor de ustedes nos encontramos una luminosa mañana de julio con dos compatriotas, Harpo e Iván. De Bilbao. Del mismo Bilbao. Y a mis compañeros de correrías no se les ocurrió otra cosa que mencionar, no sin cierto deje de admiración, los cuatro BigMacs que había almorzado el día anterior, en lo que yo había definido como “un ataque de hambre moderada”.

Algo debió herir el orgullo de Harpo porque, sin pestañear, se apresuró a aclarar:

– ¿Cuatro BigMacs? Eso me lo como yo cualquier día.
– Ya, bueno… eso dices tú – terció el Barón sin ninguna intención de enquistar el enfrentamiento – pero metérselo entre pecho y espalda es otra cosa. Te lo digo yo que acabé con mal cuerpo, sólo de verle, al animal éste.
– Cualquier día. Me los como con la polla. – Harpo no entendía de paradojas anatómicas cuando su orgullo era lo que estaba en entredicho.
– Ejem… Tengo una idea… – intervine.

Es el momento de hacer un inciso y daros un consejo de amigo. Nunca, y cuando digo nunca quiero decir jamás, apostéis contra mí. No hablo de juegos de azar. Hablo del tipo de apuesta “a que no eres capaz de…”. Porque yo suelo apostar sobre seguro, y muy rara vez pierdo.

Nadie le había dado este consejo a Harpo, o se hubiese guardado de aceptar mi desafío. Pero lo aceptó. Eso sí, me escudriñó largamente con la mirada antes de aceptar. Dieciséis años delgaduchos, con pantalón de pana (sí, en julio), chaleco sin mangas, reloj de bolsillo con cadena dorada (ya se podía aventurar el snob en el que me iba a convertir…), gafas de pasta que se resbalaban constantemente,… no parecía un enemigo formidable, no.

Recorrimos los escasos cien metros entre el Carfax y el McDonald’s cerrando los detalles técnicos. Sería una competición a comer hamburguesas. Hamburguesas simples. Las reglas eran sencillas: quien se rendía, pagaba todas. Y nada de ir al baño. El Barón, haciendo honor a su apodo, tenía cash como para comprar el McDonald’s y se ofreció amablemente a adelantar el dinero. Así que allí estábamos, un caluroso mediodía de verano, sentados junto al ventanal del primer piso, con una vista privilegiada de Cornmarket Street.

La primera hamburguesa duró poco. Harpo comía deprisa, como yo. Chico listo.

La segunda duró aún menos. Guerra psicológica creo que lo llaman.

La tercera era la última de la primera tanda. Ambos nos apresuramos a pedir más.

La cuarta me hizo recordar la película de “Desmadre a la americana”. Me la metí entera en la boca. Me sentí levemente enfermo, pero creo que no se me notó.

La quinta vio como Harpo intentaba hacer lo mismo que yo. No pudo, pobre diablo. La primera batalla era mía.

Con la sexta se acabó la segunda tanda. Ninguno daba síntomas de flaqueza. Me estaba divirtiendo, para qué negarlo. No todos los días tiene uno un contrincante a su altura.

Con la séptima se nos acabaron las cocacolas, que habíamos racionado severamente. Harpo pidió otra. Yo dije que pediría luego.

Con la octava pedí un batido de helado. Harpo no pudo reprimir un gesto de sorpresa. La segunda batalla también era mía.

Cuando terminamos la novena, Govinda e Iván, con gesto de malestar estomacal, sugierieron que acordáramos ya un empate y tan amigos. Harpo respondió lacónicamente “no pienso irme con hambre”. Le apunté una. Se la había ganado.

La décima empecé a notar que mi estómago se estaba saturando. Pero sabía como resolverlo.

Con la undécima tragué aire, lo dirigí hacia el estómago y rebotó en el caldo estomacal, saliendo en forma de un estentóreo eructo. Todas las mesas se volvieron hacia nosotros. Miré a Govinda con desaprobación y el pobre se sonrojó. Angelico. Mi estómago, liberado de aire, hizo espacio extra. A cambio, el regusto de mi boca había empeorado considerablemente.

Cuando terminamos la duodécima, Harpo daba síntomas evidentes de hartazgo. Le interrogué con la mirada. Yo no estaba seguro de poder aguantar mucho más. La treta del eructo tenía fecha de caducidad, y era próxima. Notaba la presión en las paredes del estómago y no sabía si iba a poder resistir otra ronda. Pero mantenía la compostura. O eso creía yo. Harpo cogió aire ruidosamente y preguntó “¿Otra?”. Me encogí de hombros y parafraseé un anuncio de moda protagonizado por Camilo José Cela. “Venga”. Y vinieron.

Nuestros amigos se miraban preocupados mientras nos comíamos la decimotercera. No sabía qué pinta mostraba yo, pero Harpo no tenía buen aspecto. Me quité las gafas y el chaleco, me solté el cinturón. Necesitaba algo más de espacio. Sólo un poco más.

La decimocuarta fue difícil. Mi masticación era considerablemente más lenta. Cada mordisco era más y más pequeño, cada bocado se ralentizaba. Tragar se convertía en una pequeña odisea, y el reflujo era frecuente, llenando mi boca de aromas desagradables y vagamente familiares.

Empezamos la decimoquinta. Sólo empezamos. Harpo estaba quedándose atrás, yo casi había terminado y él apenas había tomado un bocado minúsculo. Finalmente se levantó. Pareció por un momento que iba a decir algo. Pero sólo por un momento. Esprintó hacia el baño, seguido de cerca por Iván. Cuando hube terminado la decimoquinta, el Barón y Govinda miraban con ojos de incredulidad los envoltorios y vasos que se apilaban en la mesa.

Puse mi mejor cara. Intenté esbozar una sonrisa de triunfo. Y, para corroborar mi superioridad, me comí casi sin respirar la hamburguesa que Harpo había dejado prácticamente sin tocar.

– ¿Qué? ¿Nos vamos? – Pregunté, como quien no quiere la cosa.

Cornmarket Street estaba preciosa. Hacía sol, pero no calor. Los aromas del verano en Oxford me saludaron al salir del McDonald’s. Correspondí con la debida educación, vomitando copiosamente sobre el elegante empedrado…

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (09/10/08). Tema propuesto: Pecados capitales.

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