El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

noviembre 21, 2008

Relato: La cena

El comisario estaba exultante. Por primera vez desde su fundación, hacía cuatro meses, le tocaba organizar la reunión del Club de Gastronomía “Ley y Orden”, a saber: el juez Carmona, el ayudante de fiscal Santisteban, el procurador Arias y él mismo. Treinta años antes habían compartido aulas en la Facultad, y ahora, todos bien asentados profesionalmente, habían decidido que era el momento para buscar una excusa que les permitiera retomar el contacto. Y qué mejor motivo que comer, con lo que les gustaba a todos. Así había nacido “Ley y Orden”, con sus estatutos debidamente presentados en el Registro de Sociedades (faltaría más, lo bien que se lo habían pasado redactándolo…), cuyos miembros tenían que organizar, por riguroso turno, una cena mensual para todos los integrantes del Club. Y señoras.

El comisario estaba resuelto desde el principio a dejar el listón más alto que Carmona, que había sido unánimemente declarado el mejor anfitrión hasta la fecha. La verdad es que la mujer de Carmona cocinaba de puta madre. El comisario sabía que su mujer cocinaba bien, pero dudaba de que estuviese a la altura, así que decidió tomar personalmente cartas en el asunto, a diferencia de sus compañeros, que no habían pisado la cocina, y no dudaban en proclamarlo ufanos.

La especialidad del comisario era preparar platos de ibéricos. Pasaba ratos enormes pensando en la distribución, y cortando al límite de lo que daba de sí la hoja del cuchillo. Esa noche, mientras su mujer se entretenía preparando un redondo asado y una dorada a la sal, amén de tres guarniciones, él planificaba los aperitivos con la concentración que debió dedicar Bonaparte al mapa de Austerlitz. Y por si eso no fuera suficiente alarde, para la magna ocasión había decidido ir un paso más allá: había decidido preparar boquerones en vinagre. Después de todo, él siempre había dicho que cocinar era algo que podía hacer cualquier gilipollas. Sólo había que seguir los pasos de las recetas!!! Su mujer acataba silenciosamente el veredicto de la autoridad, inmune al desprecio después de tantos años.

El comisario concibió la idea mientras veía el programa de Karlos Arguiñano en su despacho. Y si preparaba él, personalmente, sin ayuda de nadie, unos boquerones en vinagre? Sabía que eran la debilidad de Arias… Jajajajaja… chúpate ésa Carmona, pensó mientras se imaginaba la cara de su señoría claudicando ante su despliegue. Apuntó los pasos cuidadosamente, bajó a la pescadería, pidió boquerones “de los más caros” para pasmo del pescadero y al llegar a casa encargó a su esposa que los limpiara y fileteara con cuidado, hecho lo cual se sentó en su sillón a ver la tele, a la espera del momento de aliñarlos convenientemente.

Al día siguiente, los seis invitados llegaron a la cena con educada impuntualidad, y sus tres amigos alabaron en seguida las excelencias de los platos de ibéricos que ya adornaban la mesa. Si es que… a ver dónde encuentras tú una mujer que corte así… vamos no me jodas… vas a comparar el arte que lleva esto con una paella, que nada más que es remover y echar agua y remover… venga ya… Al comisario no le importaba autoensalzarse cuando la ocasión lo requería, como era el caso. Era imprescindible crear el ambiente necesario para el clímax… Sin embargo, cuando trajeron los platos de boquerones el solemne anuncio de la autoría del comisario no obtuvo el efecto esperado. Sus amigos se limitaron a asentir con gesto aséptico. El comisario insistió:

– En serio, coño, que los he hecho yo personalmente… con estas manitas… jejejejeje

Nada, ni aún así… Al menos esperaba que la receta del Arguiñano estuviese buena… Observó expectante cómo los invitados se llevaban a la boca los boquerones…

Los gestos de desagrado fueron evidentes desde el principio… La mujer de Carmona no pudo evitar un acceso de tos, mientras todos dejaban los boquerones en el plato, salvo Santisteban, siempre tan correcto, que se los tragó haciendo un esfuerzo sobrehumano…

– Coño, Joaquín… esto no hay quien se lo coma!!! Están saladísimos!!! – El comisario creyó entrever un brillo triunfal en los ojos de Carmona.
– Pero qué cojones… – El comisario, incrédulo, pinchó una generosa ración de boquerones y se la metió en la boca.

El efecto era inmediato. La explosión salina era brutal, casi tóxica. El comisario sintió la necesidad de llenar la bañera de agua y bebérsela. Pero su imagen estaba en juego. Mierda… con lo bien que le habían quedado los ibéricos… el Arguiñano de los cojones… ni puta idea de cómo hacer los boquerones al vinagre.. me cago en todos los cocineros vascos, mancha de cabrones… Manteniendo un gesto digno, a pesar de la evidente coloración rojiza que iba alcanzando su rostro, el comisario pinchó boquerones de nuevo y anunció mientras se los llevaba a la boca:

– A mí es que me gustan así, saladitos… en fin, quizá debería haberlos hecho más a gusto de la gente… qué queréis que os diga… para mí están de puta madre.

Al otro lado de la mesa, la esposa del comisario observaba con gesto neutro cómo dos gruesas lágrimas empezaban a resbalar por el rostro congestionado de su marido. Su mente, sin embargo, se recreaba una y otra vez en el recuerdo de la noche anterior, en las palabras que le estaban proporcionando unos minutos de felicidad inolvidables… Nuria, Nuria!!!!!!!! No tenemos sal gorda… Joder, si es que se pone uno a cocinar y no hay de nada en esta puta casa!!!!! Bueno, mira, echaré sal fina… Total la sal es sal…. qué cojones…

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (21/08/08). Tema propuesto: Libre. Pero libre, libre…

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