El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

octubre 10, 2008

Relato: La soledad del corredor

A veces me encantaría recordar cómo era la vida antes. Pero no puedo.

Yo salgo a correr todas las mañanas. En realidad, lo que yo llamo mañana es lo que la mayoría de la gente llama noche. Salgo a correr a las cinco. Es una hora perfecta, no hay casi tráfico, las calles están desiertas, el aire húmedo y la temperatura es fresca, incluso en verano, como a mí me gusta. Camino cinco minutos, corro cincuenta y camino otros cinco. A las seis estoy en casa y a las siete menos cuarto estoy duchado, vestido, cafeinizado y listo para encontrarme con mi celosa e impuntual amante, la red de Cercanías.

Los que me conocéis sabéis que no me gusta llevar reloj. Por eso, para medir el tiempo, me he grabado en el iPod “King of pain” de Police, que dura cinco minutos, luego dieciocho canciones que duran cincuenta minutos exactos y para terminar “Take the long way home” de Supertramp, que dura otros cinco. La versión del directo de París, no la del “Breakfast in America”. Ésa dura 5:08.

No creáis que soy un excéntrico. A esa hora hay seis personas más que corren por mi barrio. Ya nos saludamos, incluso con cierta familiaridad. Lo que no quita para que nos hagamos los longuis si nos encontramos por el centro comercial una tarde cualquiera. Todos tenemos claro que nuestra amistad se circunscribe estrictamente a esa hora, a esa actividad. Incluso a veces mis propios pensamientos me sorprenden… como si no pudieran evitar fingir interés en sus vidas.

“Coño, que atrancado va El Bigotes esta mañana… ¿estará preocupado?”

“Hostia, mira El Pelowhisky… si lleva la misma camiseta que ayer… lávala, cabronazo!!”

Al principio me dejaba llevar por el caos de los semáforos. Eran los tiempos en que no tenía una rutina definida y corría hasta que empezaba cansarme, lo cual solía ser pronto. Para hacer más llevadera y entretenida la sesión decidía coger todos los semáforos en verde que encontrara. Me sentí como si estuviera deambulando por Hogwarts, con todas esas escaleras móviles. De eso hace mucho, claro. Hasta que decidí que mi vida tenía que tener un rumbo fijo, unas prioridades claras. Ahora mi itinerario es fijo, mi ritmo estable.

Mis amigos a veces me plantean problemas. A esas horas, dicen, las calles no son un lugar seguro. Has debido leer los casos en el periódico. Además, y en eso tienen razón, a pesar de que vivo en una zona relativamente pudiente, a esa hora hay bastantes putas y mendigos en la calle. Las primeras apuran la jornada laboral, quizá esperando un regalito del destino que les compense diez horas de vigilia, de pie y con tacones imposibles. Los otros aprovechan los últimos ratos de sueño o empiezan a despertarse con ojos cansados de la vida, la muy cabrona.

Pero el hecho es que a mí me caen bien las putas y los mendigos. Me caen bien porque son como yo, animales de costumbres. Y porque son especiales; ellos que no necesitan la hipocresía para soportar su vida. Saben lo que son, con la certeza que da el saber que, si faltas, nadie te echará de menos mucho tiempo. En eso nos parecemos. Y también los respeto porque siempre están alerta, siempre son cautelosos. Creo que es porque saben que, al final, no tienen a nadie. Curiosamente eso es algo que se podría aplicar demasiada gente, pero prefieren no verlo. Claro.

Yo tengo una habilidad muy especial. Paso desapercibido. No sólo es que tenga una complexión media, una estatura normal y unos rasgos completamente anodinos. Es que da igual donde me encuentre, nadie repara en mí. Eso me decía mi ex-mujer, aunque sospecho que en su caso sólo era una de sus muchas formas de torpedear mi maltrecha autoestima. Pero el caso es que es verdad.

Sea por eso, sea porque la costumbre hace rebajar incluso la más férrea de las cautelas, lo cierto es que últimamente ni las putas ni los mendigos parecen reparar en mi presencia cuando paso junto a ellos. Así de inofensivo es mi aspecto de corredor con iPod. Aunque sea, cosa que ellos no pueden saber, un corredor que tome nota mental de sus horarios, costumbres, lugares habituales, vulnerabilidades,… Animales de costumbres a los que nadie echará de menos durante mucho tiempo.

Os aseguro que a veces me encantaría recordar cómo era la vida antes.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (22/05/08). Tema propuesto: Máscaras.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: