El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

octubre 4, 2008

Relato: … and justice for all

Sibellai Bikila se mece con calma. Tiene los ojos cerrados y las manos entrecruzadas. En el reproductor de CDs del padre Pierre suena el preludio de la Suite Bergamasque. Sibellai sonríe y cuando lo hace su expresión es la de una niña pequeña, aunque no lo es. Tiene 15 años y algunas de sus amigas ya se han casado.

Recuerda la escena de hace 3 años, en esa misma estancia. Entonces no estaba el reproductor, ni la estantería de los CDs, sólo el viejo piano que el padre Pierre se trajo desde Francia cuando lo destinaron a la misión. Desde que llegó e insistió en enseñar música a todos los niños Sibellai se convirtió en alguien especial para él. Tenía un talento innato, inexplicable en medio de aquella sabana inhóspita y ardiente. Pero ni siquiera los dos años durante los cuales había sido testigo de excepción de su progresión le prepararon para aquello.

Era primavera y el calor comenzaba a ser sofocante. Era por la tarde, poco antes del ocaso. Sibellai, con sus doce añitos, se sentó en la banqueta desvencijada y el Fa grave resonó en toda la estancia. Un compás tras otro, el preludio fue creciendo con una perfección impropia de una intérprete tan joven e inmadura. Los intervalos de décima eran esquivados con precisos arpegios, los trinos y falsos mordentes se sucedían con la precisión de un experto en música barroca…

Cuando terminó el padre Pierre no pudo decir nada. Simplemente se levantó, sonrió y la abrazó. Sibellai se sentía exultante, con la euforia que sólo conocen quienes dan vida a la música a través de sus manos. El padre Pierre hizo un gesto vago, como para tomar impulso y comenzó a hablar, ahora muy serio y algo nervioso. Lo hizo en su swahili extraño de hombre blanco, la lengua que usaba cuando quería asegurarse de que Sibellai entendía perfectamente lo que quería decir. Le habló de Francia, de la Fundación, del futuro que había imaginado para ella,…

Sibellai aparta los recuerdos felices y abre los ojos. Mira sus manos. Se prepara mentalmente para levantarse.


En ese mismo instante, a veinte mil kilómetros de allí, el sargento de primera clase del cuerpo de marines de los Estados Unidos William J. Burke se estiraba el uniforme, tratando de mejorar su ya de por sí impecable aspecto. El tribunal había llegado a un veredicto.Su abogado estaba satisfecho. Las cosas habían ido como esperaba. La ventaja de los tribunales militares era que los testimonios de civiles rara vez eran tomados en consideración, y aquello jugaba a su favor. Pero el sargento Burke no podía evitar cierto temblor. Al fin y al cabo era su carrera, eran sus veintidós años de servicio los que podían terminar abruptamente en cuestión de minutos.

El sargento se consideraba un buen hombre. Había sido entrenado, bien entrenado. Y había tomado las decisiones correctas. Aunque hubiera quien parecía no entender que las circunstancias eran excepcionales. Lo de Timmy, jodido cajún, era otra cosa. Timmy era artificiero, hacía su trabajo. Sabía que un día u otro podía terminar tiñendo una circunferencia de un metro de radio con su sangre y sus vísceras. Como de hecho sucedió.

Pero los demás… los demás eran sus hombres. Eran buenos hombres, marines americanos. ¿Cómo podía arriesgar sus vidas por tres míseras minas? ¿Cómo se lo iba a explicar a la mujer de Andy Williams, que le esperaba en Omaha con un hijo al que aún no conocía? ¿Cómo iba a darle la noticia a la madre de Chris Marston, que agonizaba entre infinitos dolores en un hospital de Montana con la única esperanza de volver a ver a su hijo antes de morir?

William J. Burke sabía que había hecho lo que tenía que hacer. Y, con la ayuda de Dios, todo este infierno terminaría pronto.


Sibellai tenía sólo recuerdos parciales. Había vuelto a casa para las vacaciones. Casi una francesita, decía su madre. El padre Pierre no podía creer lo rápido que progresaba. Estaba convencido de que llegaría lejos, aunque Sibellai nunca entendió muy bien qué quería decir con eso.Recordaba la mañana, casi al final del verano, en que llegaron los soldados extranjeros y al soldado simpático que hablaba francés con aquel acento tan raro y que pasaba largos ratos jugando con los niños del poblado. También recordaba la explosión que lo mató el segundo día y lo nerviosos que se pusieron sus compañeros.

Recordaba sus gritos, los gestos que hacían… ninguno entendía el francés ni el swahili. Gritaron a los mayores, apuntaron a los niños. Pero los mayores no se movieron. Entonces el que parecía que mandaba les dijo algo y los soldados volvieron sus armas contra los mayores. Uno de los soldados no soportó la tensión y disparó al padre de su amiga Fré Kiwail, en la cabeza. Los más pequeños empezaron a llorar. Sibellai se mantuvo seria. Sabía que tenían que mantenerse firmes, como habían hecho los mayores. Pero ella no quería que dispararan a sus padres.

Entonces los soldados les hicieron señas… querían que entraran en la carretera prohibida. Sibellai sabía que nadie debía entrar allí, que había bombas enterradas. Algunos restos del soldado bueno seguían allí, como testigos del peligro. El hombre que mandaba les indicó cómo debían andar por la carretera, despacio y pisando fuerte.

El pequeño Haille, el primo de Sibellai, fue el primero. Haille siempre estaba de buen humor y, como se la habían caído las paletas hacía poco, Sibellai siempre le hacía cosquillas para verle reír, porque le encantaba aquella sonrisa inocente y desdentada. Haille se pasaba el día corriendo y Sibellai se alegró de que ahora pudiera correr tanto como quisiera con El Gran León por la sabana.

Luego fue Abebe, el hermano de Fré. A Abebe le picó el mosquito de pequeño y estaba enfermo a menudo. Era mucho más débil que los niños de su edad y siempre estaba callado. Sibellai pensó que Abebe no iría con El Gran León. Sin duda preferiría subir al árbol del Leopardo Blanco, a observar las vidas de los vivos, para poder aconsejar a sus familiares en sueños.

Los soldados les gritaban y gesticulaban. Sólo quedaba una, parecían decir. Sibellai andaba con mucho cuidado, manteniendo las manos en alto para protegerlas de una posible explosión. Quiso rezar al dios del padre Pierre, pero después de pensarlo decidió que no era una buena idea. Al fin y al cabo, el dios del padre Pierre se había dejado matar. No era buena solución para este problema. Y justo entonces sus recuerdos se detuvieron.

Lo siguiente que recuerda es el hospital, los vendajes, el gotero. El padre Pierre llorando desconsolado, maldiciendo su suerte por estar precisamente entonces en Francia, enterrando a su hermano mayor. Recuerda el dolor, el entumecimiento, la extraña sensación de intentar mover la pierna y el pie derechos, consciente a un tiempo de que podía hacerlo y también de que esa pierna ahora acababa un palmo por encima de la rodilla. Recuerda mirar sus manos, sus ocho dedos. Recuerda que pensó cómo le gustaría tocar el piano un rato. Quizá algo de Satie.


Este Tribunal militar, reunido en la base naval de Bethesda, Virginia, Estados Unidos de América, habiendo oído los testimonios pertinentes, ha decidido:Primero, que en el fallecimiento en acto de servicio del cabo Timothy Spall, del cuerpo de marines, sección de artificieros, no hubo responsabilidad por parte de sus superiores. El cabo Spall cumplía con su deber y dio la vida en este cumplimiento, honrando a su patria, a la bandera y al cuerpo que lo acogió.

Segundo, que las decisiones tomadas por el sargento de primera clase William Jefferson Burke, en el ejercicio del mando de su unidad fueron irreprochables y ajustadas a la situación. El sargento Burke estableció, conforme a las ordenanzas, un perímetro de seguridad para proteger, a sus hombres y a los nativos, de las guerrillas locales y dio instrucciones precisas acerca de la peligrosidad de entrar en la zona minada tras el fallecimiento del cabo Spall. El hecho de que tres de los menores que habitaban en la aldea contravinieran explícitamente las órdenes y salieran del perímetro no se puede considerar responsabilidad directa del sargento Burke.

Este Tribunal lamenta las dos muertes acaecidas en el transcurso de los acontecimientos que hemos juzgado. El sargento de primera clase Burke, dado su ejemplar comportamiento y sus desvelos en la protección de los inocentes y de sus hombres, será recomendado para una mención al valor.

Por último, queremos dejar constancia de que son los hombres como el sargento Burke los que permiten a los Estados Unidos llevar a cabo la sagrada misión que Dios nos ha encomendado como nación: hacer del mundo un lugar mejor, con libertad y justicia para todos.

Este relato pertenece a “El Club de los Jueves” (15/05/08). Tema propuesto: Tema libre, pero uno de los personajes debe ser cojo.

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2 comentarios »

  1. Qué cierto… Y cuántas veces habrán ocurrido estas cosas, no quiero ni pensarlo porque me pone de mala leche con el ser humano y me entran ganas de crear una super-bomba-bestial o un chachi-virus a lo 12 monos, y no se iba a salvar ni el apuntador.

    Otra cosa, y a este ritmo cuando termines de ver todas las pelis que te recomiendo ya me he sacado la tesis por lo menos por lo menos, pero este relato me ha recordado (aunque no tiene casi nada que ver) a la película “El piano” que no sé si habrás visto pero si no lo has hecho YA ESTÁS TARDANDO. La pones la prioridad número uno, incluso antes que “The boat that rocked”, porque es increíble.

    Comentario por Mac — marzo 28, 2010 @ 10:49 am | Responder

  2. Bueno, sí, sí que vi “El piano”… en el cine (no comments!). Sí, es cierto que tiene algo que ver, en el espíritu de la comunicación a través de la música, como una forma más sutil y más precisa.

    Nota al margen: cuando publiqué este relato por primera vez, lo hice acompañándolo de este vídeo:

    Creo que merece la pena.

    Comentario por dannymacgill — marzo 28, 2010 @ 11:17 am | Responder


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