El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

octubre 1, 2008

Hoy en Lonely Planet… Barcelona (Vicky Cristina Barcelona, Woody Allen)

La cosa no empezó bien. Demasiada gente en la sala. Coño, uno no va a ver una peli de Woody Allen para sentirse uno más, sino para sentirse especial, cultureta, snob y molón. Pero claro, al lado se me sienta una pareja que encuentran divertidísimo el tráiler anterior a la peli por el dudoso mérito de que sale “El Luisma” (a quien en su casa conocen por Paco León). Y a mí se me encendieron las alarmas. Woody nuestro, que estás en Manhattan, aparta de mí este cáliz…

Pero no fue así. No señor. El amigo Woody se marcó una de sus películas prescindibles. A ver, no es que sea mala. Es pasable. Pero pasable, en Woody Allen, es muy poco.

El guión sigue a Vicky y a Cristina, dos turistas americanas, por Barcelona y Oviedo durante un verano rico en experiencias vitales, sobre todo amorosas. Y, en fin, podemos decir que tiene dos o tres ideas interesantes. Full stop. El desarrollo y el desenlace de estos pequeños hallazgos (por otra parte, poco novedosos) es chapucero y precipitado. Jamás pensé que escribiría algo así de una peli de Woody Allen, pero es que es lo que pienso.

Los actores, mal. Rebecca Hall (Vicky) con el personaje más intenso de la película, o al menos el que supuestamente tiene más cosas que mostrar, está tan blandita e inexpresiva que a ratos parece un koala. Como para identificarse con ella, vamos… Scarlett Johansson (Cristina) interpreta magistralmente a un hermoso florero. Javier Bardem va y viene en su papel de pintor latin lover y sólo parece realmente cómodo y magnético cuando comparte escena con Penélope Cruz, que interpreta a su ex-mujer y que es, de largo, lo mejor de la película. Manda huevos.

Pero eso, amigos, no es lo peor. Lo peor es la insufrible y machacona voz en off que nos cuenta, de vez en cuando, exactamente lo que estamos viendo. Como si fuésemos gilipollas. Y que, para más escarnio, parece sacada de un documental (malo) de Lonely Planet, con frases tan enjundiosas como “Aquella noche cenaron en un restaurante pequeño y encantador”. Que hay que joderse…

Al menos la noche no terminó mal del todo. A la mitad femenina de mis vecinos de butaca le sonó el móvil con un politono machacón que se alargó durante diez interminables segundos, mientras rebuscaba en un bolso donde cabía cómodamente un barril de gasolina. Y es que, puestos a sentirnos uno más, mejor hacerlo con todas las de ley…

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