El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

agosto 17, 2008

Nueve en historia

Filed under: A day in the life (Pensamientos o casi) — dannymacgill @ 1:59 pm
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No lo reconocí. No lo hubiera hecho ni aunque hubiese dedicado a ello quince vidas. Su cara, en mi memoria, era regordeta, con mofletes colorados y pelo rubio y lacio con un corte a lo Luke Skywalker, que era lo que se llevaba. Ahora estaba famélico, el rostro picado y hundido, el pelo de un color indefinido y los ojos muertos. Se acercó a mí intentando obtener dinero por el dudoso mérito de haber estado cerca de donde aparqué el coche. Él sí me reconoció. A la primera.

– ¿Escocés?

Le miré, intentando disipar la niebla del olvido. Pero nunca he sido bueno para las caras. Me rendí y lo notó.

– Soy Alberto.

No conozco demasiados Albertos. Y entonces supe quién era, y su nombre completo surgió con la naturalidad con la que lo hacen los nombres de los compañeros de EGB: Alberto José Soto Carrizo. Compañero de banca en cuarto.

– Hombre, Alberto…

Intenté en vano superponer su recuerdo a la tozuda realidad. Lo notó. Notó mi conmiseración, mi prevención a tocarle. Estaba jodido, pero no era estúpido. Comenzó a darse la vuelta.

– Oye, tío, ¿nos tomamos un café?

Me miró con los ojos muy abiertos. El rechazo crea hábito, supongo.

– ¿Te importa si me tomo una cerveza? Es que yo, a estas horas,…

Miré el reloj. Eran las seis de la tarde. Fuimos a un bar donde no lo miraran demasiado mal, me tomé un café espantoso y él se tomó tres cervezas y cinco pasteles. Hablamos de fútbol, de lo chunga que está la vida, del tiempo,… Durante quince mintos pareció casi como si habitáramos el mismo universo. Salimos a la luz del día moribundo, nos miramos y le intenté dar algo de dinero. Lo rechazó con gran dignidad y me sentí un imbécil. Y se marchó. Pero a los dos pasos se dio la vuelta.

– Oye, ¿te acuerdas cuando yo era de los empollones?

No supe qué decir. Podía haberle dicho la verdad. Que él nunca fue de los empollones. Que ya en sexto le quedaron las matemáticas y tuve que ayudarle ese verano porque nuestras madres se conocían. Que fue un buen chico, pero un estudiante del montón que se despeñó en la preadolescencia por culpa de malas compañías, un divorcio tormentoso y una versión errónea de la rebeldía. Que una vez sacó un nueve en un examen de historia, la nota más alta de la clase por esa vez, pero que nunca fue un estudiante brillante. Y, por fin, hablé sin pensar qué decía.

– Vaya si me acuerdo, tronco. ¿Te acuerdas de tu nueve en historia?

Su rostro pareció cumplir once años en ese instante. Miró a su alrededor, como buscando algún testigo que diera fe de yo recordaba su nueve después de veinte años. Pero todos los que pasaban intentaban no mirarle, así que terminó por desistir.

Me sonrió dejando claro cuánto agradecía aquéllo, más que la cerveza y los pasteles, infinitamente más que mi torpe caridad. Meneó la cabeza.

– Jodé, tío, qué de tiempo…

Lo miré alejarse con pasos irregulares. Y supe que su problema no era su situación económica o su precario estado de salud. Su problema era que sus sueños, ambiciones y aspiraciones habían retrocedido en el tiempo para quedarse estancados hacía veinte años. Creía tan poco en él mismo que pensaba que no lograría nada mejor en su vida que aquel nueve en historia.

La vida puede ser tan cabrona a veces.

Publicado originalmente el 7 de Febrero de 2.008 en “Demasiado lejos del mar”.

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2 comentarios »

  1. ¡Que triste! Sea o no real. Es triste encontrar el fracaso de frente y duro intentar que no se te note. En el fondo además es como el rechazo a lo que no nos gusta mirar, girar la vista a otro lado, porque nos da miedo pensar que nos podría haber pasado a nosotros.

    Comentario por karmenjt — agosto 26, 2008 @ 12:00 am | Responder

  2. Pues sí, fue triste… y real. Con alguna licencia literaria, pero básicamente fue así (A day in the life es mi categoría para las cosas reales). Gracias por pasarte… vaya lote de leer que estás dando, hija!!!

    Comentario por dannymacgill — agosto 26, 2008 @ 10:24 am | Responder


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