El extraño y alucinado universo de Danny MacGill

agosto 31, 2008

Liturgia para días de lluvia

Filed under: A day in the life (Pensamientos o casi) — dannymacgill @ 12:48 pm
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Supongo que tiene que ver con los genes. No encuentro otra explicación.

Me crié en una ciudad donde la lluvia era una anécdota. Vivo en una ciudad donde la lluvia es una molestia. Lo noto en las caras de la gente, malhumoradas, ceñudas. Miran al cielo como si les estuviese ofendiendo. Murmuran algo sobre lo bien que le viene esto al campo. La verdad, no parecen sinceros.

Yo, en cambio, me siento especial cuando llueve, como las mujeres de los anuncios cuando tienen la regla.

Hoy me enfrentaba a un paseo de diez o quince minutos bajo la lluvia. Caía fina, orbayaba como dicen por Asturias. Era una lluvia suave, sin viento, el tipo de lluvia que perfuma el aire con ese olor tan característico.

Así que opté por ignorar mi paraguas, y puse mi música preferida para caminar bajo la lluvia. Cuando llegué a casa estaba renovado, exultante y obviamente mojado. Nada que una ducha no pueda solucionar.

Ann no estaba. Como no estaba ayer. Y la lluvia no es lo mismo sin ella. Pero aún así, yo sentí algo que se debe parecer a la felicidad.

Ésta es una de las canciones que sonaron en el mp3. Mr. Francis Albert Sinatra. Palabras mayores…

Nota del autor: Este post nació en febrero, cuando el invierno y Ann compartían mis días. El invierno se fue, y con la primavera lo hizo Ann. Ahora que está a punto de volver el otoño y con él (esperemos) la lluvia, me apetecía recordar aquella lluvia tan cercana, que mojó una vida tan distinta…

Publicado originalmente el 22 de Febrero de 2.008 en “Demasiado lejos del mar”

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agosto 29, 2008

Relato: El tercer Ingmar Bergman

Filed under: Paperback writer (Relatos) — dannymacgill @ 7:57 pm
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Nota del autor: Era cuestión de tiempo que acabara publicando este (largo) relato. En su día (febrero-marzo 2.008 o así) lo publiqué en cuatro partes, según lo iba escribiendo, y ahora le he dedicado un ratillo a rescribir algunas partes. Espero que os guste, y si queréis bajaros el relato en formato .doc  para leerlo tranquilamente, podéis pinchar aquí. Hala, al lío.

Mi madre no fue nunca guapa. Ni de joven. Además, siempre ha tenido un concepto extraño de lo que significa posar para una foto. Como resultado, sus retratos de juventud muestran una mujer poco agraciada, con una dentadura irregular y de, al menos, tres colores, poniendo cara de estar evacuando con considerable esfuerzo. Hacía falta tener más dioptrías que un topo diabético o un severo brote psicótico para montárselo con mi madre, la verdad.

Sin embargo, en mi pueblo, era una moza bastante popular. Claro que la lógica de la gente de mi pueblo siempre ha sido un tanto peculiar. Sin ir más lejos, mi padre bebía los vientos por mi madre desde que tenían unos quince años. Ni siquiera yo soy capaz de imaginarme a mi madre con acné juvenil sin tener que reprimir un par de arcadas. Debía ser tan atractiva como un páncreas tumefacto. O ni eso.

Mi padre tenía un considerable problema a la hora de hacerse con los favores de mi madre: era (y es) manco. Nació ya así, con un muñoncito en lugar del brazo derecho o, como a él le gusta describirlo, nació zurdo vocacional. El caso es que era bastante simpático, pero en mi pueblo tu característica fundamental (y la de mi padre era ser manco) determinaba tu lugar en la sociedad.

En concreto, ser manco era justo peor que ser pederasta, aunque no se vayan a creer que se discriminaba a los minusválidos de todo tipo. Por ejemplo, ser cojo se encontraba en una muy honrosa vigésimo cuarta posición de la escala social, entre ser del Madrid y poseer un taladro neumático. Ser manco no era nada bueno, pero aún era mejor por ejemplo que ser farmacéutico.

En efecto, en mi pueblo no hay farmacia; cada vez que montan una no pasa un mes sin que los jóvenes, para echar el rato, despeñen al farmacéutico por el Barranco de la Cruz Verde. No se sabe a ciencia cierta si el barranco ya tenía ese nombre o por el contrario lo tomó de esta entrañable tradición.

En cualquier caso, y volviendo al tema, mi padre lo tenía mal para lograr una cita con mi madre. Al final, de tanto insistir, mi madre accedió a salir con él una tarde, más que nada para poder darle luego boleto con la conciencia tranquila.

Sin embargo, sorprendentemente, mi madre se lo pasó muy bien. Según mi padre, no paró de reír en toda la tarde. Sólo escribirlo me produce cierto ardor estomacal, así que renunciaré a dar más detalles. Tan bien se lo pasaron, que mi madre tuvo que acceder a una segunda cita, pero con la firme intención de que fuese la última.

Y entonces mi padre jugó muy bien sus cartas; en este caso el as de bastos. Ya se sabe que, cuando se pierde un sentido, los demás se agudizan para compensar la pérdida. Pues bien, el caso de mi padre es una extrapolación de este fenómeno al terreno de las extremidades. No sé si me entienden. Vamos, que tiene un pedazo de nabo que quita el hipo. A ver si con tanta metáfora de extremidades y hostias no se van a enterar; porque este dato es de fundamental importancia para entender lo que sigue.

Pues bien, el as de bastos resultó ser la carta ganadora, porque desde ese día mi madre tuvo clarísimo que se casaba con mi padre.

– Este patrimonio no lo puedo perder, padre – le decía a mi abuelo.
– Pero, hija, ¿qué patrimonio ni qué narices? Si tienes al Honestín loquito perdido; y él tiene una frutería haciendo esquina…

Conviene aclarar que los fruteros con local haciendo esquina ocupan el séptimo puesto en la escala social de mi pueblo, uno de los más altos al que uno puede optar por méritos propios; ya que los cuatro primeros, como ser cura o alcalde, se heredan directamente de padres a hijos. Claro, mi abuelo quería lo mejor para mi madre; pero la cosa estaba decidida y, tras un noviazgo de dos años, mis padres se casaron.

La boda fue muy bonita, ya que mi madre no se quitó el velo. Como ella no le podía poner el anillo a mi padre en la mano derecha, le preguntaron al cura si no le importaba que le calzase la alianza en el pito. A mí me parece que era una solución al tiempo íntima e ingeniosa, algo así como una broma privada; pero el cura se negó, eso sí de muy buenas maneras, alegando no sé qué pretexto del Derecho Canónico. Luego la Iglesia se queja de que pierde fieles. Normal, si no saben plegarse a las necesidades particulares.

Los primeros años de vida común de mis padres fueron bastante felices; mi padre entró a trabajar en la gasolinera del pueblo; mi madre despachaba en la tienda de mi abuelo, que era al tiempo confitería y tienda de repuestos de fontanería y, con el paso de los meses, nacimos mi hermana y yo.

Yo fui un niño bastante normal; mi hermana no. Y todo porque, desde pequeña, su afición a comer se mostró desordenada e implacable. Mis padres siempre lo achacaron a que, al parecer, fue concebida en la confitería de mi abuelo.

– También es mala suerte – se quejaba mi madre -, tres metros más para allá y se pasaría el día cambiando tuberías y sellando acometidas generales.

Como fueron tres metros más para acá, la cosa tomó pronto un cariz peligroso. Con quince meses mi abuelo ya le prohibió la entrada en la tienda después de que se ventilara seis docenas de ensaimadas. Cada vez era más fuerte y grande, y sus apetitos voraces podían incluso resultar peligrosos para quien se interpusiera.

El día que hizo la Primera Comunión, sin ir más lejos; mostró su contrariedad ante lo escaso de la ración de Sagrada Forma con una espectacular patada en los huevos que levantó al cura (a pesar de que llevaba alba y casulla) como dos palmos, dejándolo en estado francamente lastimoso. A continuación, sin mediar explicación alguna, se comió todas las hostias del copón y, acto seguido, se encaminó hacia el patio de la parroquia donde habían dispuesto un refrigerio para las familias. Los asistentes, que hasta entonces contemplaban divertidos la escena, vieron peligrar su ración de jamón y se apresuraron a reducirla, cosa que finalmente lograron entre quince.

Por lo demás, la vida transcurría plácidamente hasta la llegada de la crisis del petróleo de los setenta. Mientras todas las gasolineras de España se forraban, la de mi padre, a pesar de ser la única del pueblo, iba a la quiebra.

– Con lo cara que cuesta la gasolina, por lo menos que no me la eche un manco de mierda – razonaban mis paisanos -. No es nada personal, Rosendo. – Añadían tranquilizadoramente. Pero el caso es que se iban a llenar el depósito a la gasolinera de otro pueblo.

Tan mal iba la cosa que el Honestín, antiguo pretendiente de mi madre, pudo comprar la gasolinera por cuatro perras y, como primera medida para reactivar el negocio, despidió a mi padre, adelantándose varias décadas a la política empresarial tan en boga hoy en día. En mi pueblo siempre hemos ido a la vanguardia de las tendencias económicas.

Mi padre se lo tomó razonablemente bien: como única represalia, durante un par de semanas se cagaba en la puerta de la frutería del Honestín antes de que abriera, pero pronto empezó a hacer demasiado frío y trasladó la operación a eso de la una de la tarde. Claro, los clientes se quejaban porque los zurullos atraían a las moscas y las moscas no hacen bonito en ningún sitio. Así que razonaron con mi padre, el Honestín le prometió fruta surtida durante cinco años, y todo arreglado. Salvo para el Honestín, claro, porque mi hermana comenzó a consumir entre diez y doce kilos de fruta al día; más que el gorila del alcalde, que se llamaba Ramiro y era todo un personaje.

Como mi padre no quiso plegarse y pedir a su suegro un trabajo en el negocio familiar, pasaba los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio buscando una forma de sacar adelante a su familia. En éstas andaba cuando volvió al pueblo, a pasar sus vacaciones, un viejo amigo de mi padre, el Calixto.

El Calixto se fue a buscarse la vida a Alemania y de allí llegó a Suecia, donde por entonces era nada menos que director de fotografía en la industria cinematográfica. Cierto es que sólo hacía cine erótico, lo que hoy llamaríamos cine porno, pero, como él decía:

– Todo el mundo sabe que no hay cine erótico más artístico que el sueco; y donde hay arte cinematográfico, siempre tiene que haber un buen director de fotografía.

El Calixto recordaba perfectamente de sus años de adolescencia las dos peculiaridades físicas de mi padre, de forma que, cuando éste le comentó sus apuros, le ofreció hacerle una prueba para llevársela a Suecia, a ver si le salía algo. Lamentablemente, la expresión que utilizó mientras mi padre se mostraba tal cual era ante el objetivo fue:

– Venga, Rosendo, a ver qué tal das en cámara.

Mi padre, malentendiendo el término en su ignorancia del argot cinematográfico, arremetió contra el aparato y le propinó un mandoble con la polla que inutilizó la lente principal, que valía seis mil pesetas de las de entonces. El Calixto se enfadó muchísimo, a pesar de no poder contener las lágrimas de la risa; de forma que mi padre no supo a ciencia cierta si le iba a enseñar la prueba o no al director con el que trabajaba habitualmente.

El director en cuestión era un tal Ingmar Bergman; no el famoso, claro, sino un primo tercero suyo que, por esas cosas de la familia, había acabado con el mismo nombre. Era obvio que, dedicándose también al cine, era de gilipollas buscarse un seudónimo habiendo tenido tanta potra con tu nombre original. Además, como el propio Bergman enfatizaba, ambos eran artistas totales porque eran, a un tiempo, directores, guionistas y montadores. Hombre, visto así, hay que reconocer que algo de razón tenía.

Al Calixto se le pasó el mosqueo mientras volvía a Suecia y no, de forma que le mostró la prueba al director. Ingmar Bergman vio claro, desde un principio, el filón que podía suponer el exotismo, con cierto punto de perversión, de las condiciones naturales de mi padre y le hizo llamar sin tardanza. Mi madre no veía muy claro el tema de emigrar:

– Rosendo, mira que yo no hablo sueco, sólo lo entiendo.

Mi madre nunca fue gran cosa para los idiomas. Así las cosas, decidieron que mi padre pasaría en Suecia las temporadas que requiriese su trabajo y, volvería a casa los meses restantes. Lo que nadie, ni siquiera Ingmar Bergman, pudo prever fue el espectacular éxito de mi padre en el mercado escandinavo.

La primera película que rodó versaba sobre un superhéroe español manco que se follaba a toda sueca que se le pusiera por delante. El hecho de que el personaje de mi padre fuera español se debía al hecho de que, por mucho que lo intentó, no pudo librarse del acento aragonés que lastraba su sueco. Extraño, teniendo en cuenta que él es de Cáceres. En fin, que la película, titulada (sic) “El Armado Invencible (das inveenkibleer Armädur)”, tuvo una acogida extraordinaria: ganó numerosos premios de crítica y público y fue la primera vez en la historia que una película erótica optó a un premio de la Academia Sueca del cine, concretamente al mejor guión original. El éxito de la película sólo se puede explicar como una conjunción de factores: una historia sólida y bien trabajada, una interpretación esmerada con mucha complicidad con el espectador (“a lo Cary Grant”, decía mi padre), una fotografía muy cuidada y una banda sonora muy de la época, mucho wah-wah y tal. Y, por supuesto, la velada referencia histórica: nada le gusta más a los suecos que un sutil halago a su proverbial cultura general.

Con la peli vino la popularidad, con la popularidad las entrevistas, y con ellas la ubicua pregunta de hasta qué punto el personaje del Armado Invencible era autobiográfico. Fíjense cómo sería la cosa que, en el espacio de cinco años se rodaron veintiséis secuelas, entre las que destacó sobremanera “El Armado Invencible contra Fuckfinger”, donde mi padre se enfrentaba a un sueco desalmado y canijillo que dejaba a sus víctimas femeninas a medias haciéndoles trabajitos manuales y, claro, luego tenía que llegar mi padre para satisfacerlas en condiciones.

Con tanto trabajo, mi padre pasaba fuera largas temporadas, entre rodajes, promociones, asistir a estrenos, a debates en televisión sobre temas de candencia social, a recepciones en embajadas,… lo normal para un actor porno, vamos. Mi madre cada vez se encontraba más desatendida, sobre todo porque mi hermana, a la edad de doce años, ya había alcanzado los ciento treinta kilos y subirla o bajarla de la cama comenzaba a resultar todo un problema de logística.

– Mujer, tampoco es que yo pueda ayudar mucho, – se defendía mi padre, señalándose el muñón con la mano izquierda – si hacen falta seis personas.

A pesar de lo razonable de su defensa, es cierto que mis recuerdos de esa época son los de un padre ausente. Tanto para mí como para mi hermana, cuando levantaba la vista del plato, era obvio que la relación entre mis padres se estaba resquebrajando.

Con la llegada de la ley del divorcio, la cosa estaba clara: mis padres llegaron a un acuerdo por el que mi madre se quedaba con la patria potestad, la casa y la cubertería buena; además de recibir mensualmente una cantidad por mi manutención, otra por los desayunos de mi hermana, otra por los almuerzos de mi hermana y otra por las cenas de mi hermana, tal como figura explícitamente en el acuerdo de divorcio. Mi padre se trasladó definitivamente a Suecia, aunque venía a menudo a verme.

– A tu hermana prefiero no verla. Me da asco. Para mí que es hija del Honestín.

Esto era claramente injusto por parte de mi padre. Es cierto que, al poco de divorciarse, mi madre se casó con el Honestín, que aún seguía enamorado de ella. Esto hizo feliz a mi madre, al Honestín y, sobre todo, a mi abuelo, aunque éste no llegó a la boda, porque en la despedida de soltero se pilló una cogorza espantosa y al grito de “Mirad, mirad cómo imito a un farmacéutico” se tiró por el Barranco de la Cruz Verde. Llegó ileso al fondo, treinta y cinco metros cuesta abajo, pero el Carlines, que también llevaba una kurda importante, se decidió a imitarle montado en carro, con tan mala suerte que arrolló en la bajada a mi abuelo, que estaba subiendo el barranco, a más de ochenta por hora. Claro, mi pobre abuelo se rompió un tobillo. Ochenta y cinco años es lo que tiene. Mientras lo llevaban en el coche del Carlines a la Casa de Socorro más cercana tuvieron un accidente y se mataron mi abuelo, el Carlines y el burro del Carlines, Mamerto, que iba en el asiento de atrás porque no dejaba a su amo ni a sol ni a sombra. Una pena lo de Mamerto, era muy querido en el pueblo.

En fin, yo creo que el Honestín también odiaba a mi hermana, como mi padre. Puede que parte de culpa la tuviera ella, porque cada vez que la dejaba al cargo de la frutería acababa con las existencias. De hecho, un día que la dejó a cargo de la gasolinera, hubo que llevarla al hospital porque trató de beberse los depósitos.

– A mí, en realidad, no me gusta la gasolina – me confesó en su convalecencia -. Lo hice por principios.
– Hombre, Honestín, son cosas de chavales – le decía la gente del pueblo. Pero él meneaba la cabeza como diciendo “lo será, pero yo me cago en la puta madre de la gorda ésta”. Los meneos de cabeza del Honestín eran de lo más expresivos, no se crean.

De cualquier modo, no caigan en el error de pensar que mi hermana estaba acomplejada o algo. Qué va. De hecho, traía locos a la mayoría de los zagales y estaba unánimemente considerada la chica más saludable del pueblo.

– Como no sea porque tarda tanto en pasar por delante de uno que no tienes más remedio que saludarla durante tres minutos, no me lo explico – argumentaba mi padre. Pero claro, él estaba acostumbrado a los cánones de belleza de las actrices pornográficas suecas; y aquello era otro rollo.

En una de sus visitas mi padre me propuso irme a Suecia con él. Yo le contesté que no podía, que tenía partido de futbito ese domingo. Jamás olvidaré ese momento, cuando mi padre adquirió la misma expresión que un interruptor de pared.

– Papá, ¿qué haces?
– ¿Cómo que qué hago? Te estoy mirando con languidez e infinita tristeza – respondió muy indignado.
– Vale, pero ¿por qué te estás sacando el pito?
– Hostias hijo, perdona, es deformación profesional.

Ese día aprendí una lección que resultaría trascendental en el futuro. Mi padre me explicó que, en el porno sueco, la interpretación era lo más importante. No todo era follar, follar y follar. Qué va.

Por ejemplo, el Armado Invencible tenía un punto compasivo que hacía que, mientras cubría a una señorita, la mirase con languidez e infinita tristeza. Claro, este tipo de sutileza sólo era posible en un cine que situaba los valores artísticos por encima de los comerciales, me explicaba. Pero el público entendido (y los escandinavos lo eran, y mucho) siempre preferiría una interpretación intensa a esas películas americanas donde sólo se veía folleteo sin ningún tipo de trabajo interpretativo.

El problema era que, cuando miraba a alguien con languidez e infinita tristeza, siempre se le iba la mano al paquete; así que tenía que estar atento, sobre todo en Suecia, no fuera a sacarse el nabo en público y lo reconocieran, con el trabajo que le costaba todas las mañanas maquillarse (se pintaba la cara de negro) y ponerse la peluca y el bigote postizo para pasar desapercibido. Y todo ello con una mano. Estaba claro que mi padre valoraba el anonimato mucho.

Poco después comenzó el declive de la carrera de mi padre. La cosa se empezó a torcer cuando Ingmar Bergman dejó el cine para hacerse juez. El Armado Invencible dejó su lugar en el Olimpo del cine sueco a nuevos valores, aunque mi padre seguía bien considerado por la industria y trabajando con frecuencia. De aquella época datan sus incursiones en el cine histórico como “Hamlet, príncipe priápico de Dinamarca” o “La reina virgen … o no”, con buena acogida de la crítica pero no tanto de público.

La ley conocida como Ley Ingmar Bergman, auspiciada por el otrora director porno, vino después a complicarle aún más las cosas. Ante la proliferación de extranjeros en el cine erótico sueco, el ex-director reconvertido en juez impulsó, desde el Tribunal Supremo (al que llegó con relativa facilidad), una ley que limitaba la cantidad de extranjeros que podían participar en estas películas. Claro, mi padre se cabreó mucho con su antiguo amigo.

– Coño, Rosendo, yo pensaba que eras sueco – le argumentó éste sin demasiada convicción.
– Y yo que su señoría no era un redomado hijo de puta.

A pesar de la altura intelectual del debate, no hubo marcha atrás. Irónico, si uno lo piensa. Pero el caso es que mi padre no tuvo más remedio que nacionalizarse sueco. Y ya puestos, se decidió a cambiarse también el nombre por uno que sonara más sueco que Rosendo Sugrañes: así que se puso Ingmar R. Bergman. R por Rosendo. Para no perder sus raíces y eso.

Mi padre decidió aprovechar su reciente nacionalidad y su aún resistente fama para dar el salto a la dirección. Quizá el asalto sería más adecuado, no sé… La cosa es que escribió, dirigió y protagonizó tres películas; la que iba a ser la trilogía final de El Armado Invencible.

En la primera, “La Edad de la Indecencia”, el Armado entraba en una máquina del tiempo que lo transportaba a la Inglaterra victoriana, donde su sex-appeal y su mirada lánguida medía fuerzas contra la rígida moral de la época. Por deseo expreso del guionista (o sea, mi padre), todas las escenas se rodaron con los actores completamente vestidos. Claro, los trajes de época eran muy estrechos de caderas y mi padre tenía que darse a conocer con una sola mano, con lo cual sus escenas tenían casi tanto metraje forcejeando con su nabo como copulando, propiamente dicho. Mi padre insistía en que eso le daba perspectiva histórica, pero yo creo que lo decía porque nunca le gustó bajarse del burro.

Años más tarde, cuando supo que Scorsese rodaba “La edad de la inocencia”, mi padre le escribió una larga y emotiva carta contándole sus problemas durante el rodaje.

– Para que no caiga en mis mismos errores – decía muy serio -. Es lo normal entre colegas.

Scorsese, lo que se dice el mismo Scorsese, no contestó, pero recibió una respuesta, según él muy cálida, de un bufete de abogados de Nueva York amenazando con no sé qué posibles acciones legales y que incluía una orden de alejamiento. Hasta el día de hoy, mi padre se refiere a Scorsese como “mi amigo Martin”, aunque yo creo que algo de resquemor tiene porque siempre que habla de “La edad de la inocencia” la califica de “remake comercial”.

La segunda peli fue “221B Fucker Street”, donde podíamos ver cómo el Armado se establecía como detective privado, junto con un colega, el Doctor Wankson. Lo cierto es que el argumento no era gran cosa. Venía una señorita a consultar un caso a mi padre. Éste, para pensar con calma, tenía que fornicar como un búfalo, mientras el Dr. Wankson se la cascaba tras unas cortinas de terciopelo que al final del rodaje hubo que tirar, la verdad sea dicha, de cómo quedaron. Una pena, eran de bonitas, así rojas… Al final el Armado daba con la solución y averiguaba quién era el asesino sin sacarla ni nada. Como ven, la máxima era el ahorro: en decorados y en ideas.

Por último, “El Armado Invencible contra Jack el Desvirgador”… Recuerdo muy bien aquél rodaje porque me encontraba pasando una temporada con él. La trama enfrentaba a mi padre con un criminal sexual en serie que tenía aterrorizadas a las chicas del barrio de Whitechapel. O ésa era la idea. En la práctica, mi padre se había fumado el presupuesto de las tres pelis en las dos primeras, así que echó mano de su sentido práctico y, en lugar de reproducir Whitechapel, pensó:

– Bueno, rodaremos en un descampado…
– Papá, ¿en un descampado?
– Mira, por muy Londres que fuera tendría que haber descampados…
– No, si eso está muy bien, pero esto es Suecia, y es febrero…

Claro, a 10 grados bajo cero, como para ponerse en pelota picada a campo abierto. Los únicos actores que se prestaron fueron una sueca despampanante llamada Kirsten, que estaba loquita por mi padre y… él mismo. Esto planteaba un problema, porque al menos necesitaba dos personajes masculinos.

– Bueno, con un poco de maquillaje y algo de impostación en la voz, puedo hacer los dos papeles…
– Papá…
– ¿Qué, hijo amado? – A veces le daba el punto lírico… cosas de la farándula, supongo.
>- El muñón, papá… te van a reconocer.
>- Mira, si vas a empezar a discriminarme por ser discapacitado…

Cuando se ponía así, se acababa la discusión. Sin embargo, acabo entrando en razón. O le hizo entrar en razón Kirsten, después de una noche maratoniana de intercambio dialéctico, como la definió mi padre. Aunque yo creo que fueron mis argumentos, la verdad. Pero mi padre no se dio por vencido:

– ¡¡¡Lo tengo!!! El Armado Invencible tiene doble personalidad y por las noches se convierte en asesino… Pensadlo: El Armado Invencible, Jack el Desvirgador, Jeckyll y Hyde… ¡¡¡todo en uno!!! ¡¡¡Es el personaje de mi vida!!!

Hombre, teniendo en cuenta que la peli consistía en seis escenas de mi padre y Kirsten (que cambiaba de peluca por aquello de la verosimilitud) follando en un descampado con un frío de la hostia que se hacía patente en lo cerúleo de los rostros de ambos, creo que mi padre exageraba un poco con la calidad artística.

Al menos terminó el encargo y, con el dinero que ganó, decidió retirarse del cine y dedicarse a la publicidad. Kirsten y él rodaron anuncios específicamente diseñados para ser emitidos en los cines X, y les fue muy bien. De hecho, alguno de sus anuncios fueron adaptados a versiones para todos los públicos. Tal vez recuerden un anuncio en el que un alemán y un italiano se encontraban en un tren y, al mezclar salchichas y parmesano, acababan diciendo “Harrrrremos salchichas con queso”. Bueno, sin entrar en detalles innecesarios, en la versión original, Kirsten era la alemana, mi padre el italiano y el eslogan era “¡¡Toma, toma salchicha con queso!!”.

Así iban las cosas, tranquilas, hasta que un día mi padre recibió un telegrama de mi madre, en los siguientes términos:

“Honestín ha muerto. Infarto. Querría que vinieras. De paso tráeme una botella de leche, un manojo puerros y una botella de mistol.”

La vuelta de mi padre a mi pueblo enfureció a dos mujeres. La primera, Kirsten, que no entendía sus motivos. Tampoco es que él se esforzara en explicarse muy bien:

– Mujer, Kirsten, si necesita mistol…

Esto, en última instancia, trajo consigo que mi padre no pudiera volver a Suecia. Quizá piensen que es excesivo que una actriz porno de segunda fila (empezando por la de atrás) pudiera lograr eso. Pero si les digo que esa actriz era la hija menor del Ministro del Interior, además de ser su ojito derecho porque era “la única artista de la familia”, entenderán cómo mi padre se convirtió, de la noche a la mañana, en persona non grata en Suecia. En concreto se le advirtió que, de volver a asomar el careto por allí, un par de fornidos agentes de aduanas suecos se asegurarían de usarle para echar por tierra de manera harto ilustrativa la leyenda urbana que afirma que uno no puede meterse su propio codo en la boca.

La segunda mujer cabreada fue mi madre, en esta ocasión porque no había puerros. En sentido estricto, no era culpa de mi padre. Ramiro, el gorila, había heredado el puesto de alcalde de su anterior dueño, que murió sin descendencia. Y el gorila alcalde tenía dos debilidades: su tupé, que peinaba durante tres cuartos de hora cada mañana y la vichisoisse. Así que cuando se le antojaba vichisoisse, las existencias de puerros desaparecían. A ver quién le tosía a un gorila lomo plateado de casi 300 kilos que además podía mandarte la grúa a por el coche cuando quisiera. O ir él mismo y destrozártelo a hostia limpia, que algún caso se dio.

La llegada de mi padre a la casa familiar fue muy emotiva. Mi hermana, ajena a la aversión que causaba a mi padre, se asomó a saludar por las ventanas del salón. Por las cuatro. A la vez. Mi madre, sin embargo, pasado el disgusto de los puerros, se mantuvo circunspecta (aún sin saber en qué consistía la circunspección), mientras maquinaba un plan para atraer de nuevo a mi padre.

Estaba entonces de moda “9 semanas y media”. De hecho, la película tuvo mucho que ver en el fallecimiento del Honestín, pero ésa es otra historia. Mi madre decidió seguir el ejemplo de Kim Bassinger y hacerle a mi padre un striptease para que viera lo que se estaba perdiendo.

Los preparativos fueron necesariamente escasos, ya que mi madre no quería para ensayar en casa para no estropear la sorpresa. Así que medio improvisó un baile sexy en la tienda esa misma mañana, para sorpresa de los clientes que no sabían la de cosas horripilantes que se podían hacer con una silla, una docena de milhojas y un soplete; atrocidades cuya sola visión bastaba para inducir el vómito en individuos sanos.

Sin embargo, mi madre cometió el error de no llevarse la silla que necesitaba para el baile… Olvidó que en casa no tenemos sillas, porque el Honestín pensaba que eso era cosa de pobres, así que sólo tenemos sillones orejeros. Alrededor de la mesa del comedor, en el baño, en el patio… sólo sillones orejeros. Los nuevos ricos, ya se sabe.

Mi madre sentó a mi padre en el sofá, buscó el sillón más bajito para la performance, lo colocó en el centro del salón y puso la música a todo trapo. Para entonces mi padre ya comenzaba a estar francamente acojonado. En cuanto Joe Cocker empezó a meter caña mi madre intentó pasar la pierna por encima del sillón. Con escaso éxito. Cuarenta y cinco años no especialmente flexibles no son cosa baladí. Se dio de bruces contra el suelo y comenzó a sangrar copiosamente por nariz y boca, aparte de escupir dos dientes de los siete que tenía en la fila buena, la de delante del arco de arriba.

Cualquiera hubiera desistido, pero mi madre decidió que para estar sexy una nariz recién partida no es necesariamente un problema. Se atusó el pelo, que estaba pegajoso de sangre por según qué partes y siguió con la coreografía como si nada. Lamentablemente, cuando estaba sentada sobre un apoyabrazos y debía echar la cabeza hacia atrás de forma graciosa e insinuante se atragantó con la sangre que manaba de la nariz, comenzó a toser y perdió el equilibrio, lo que le hizo caer de espaldas y darse un tremendo golpe en el colodrillo que le procuró un piadoso desvanecimiento.

Mi padre se quedó mirando el cuerpo inmóvil de mi madre, se volvió hacia los veintiséis vecinos del pueblo que habían venido a ver la función invitados por mi madre y preguntó:

– ¿Alguno sabe de qué coño va esto?

Tras unos diez minutos de silencio, porque la gente de mi pueblo es muy reflexiva, Ramiro tomó la palabra y dijo:

– Mira, mejor la llevamos al hospital de la capital porque ésta ni se mueve ni nada. Ahora, que podíamos volver a escuchar la canción, que está guapa…

Un par de canciones y 80 kilómetros después mi madre ingresó viva, inconsciente y muy fea. En el hospital le diagnosticaron bursitis de cadera y conmoción cerebral, aparte de cosas de menor importancia. Mi padre, ante la poco halagüeña perspectiva de tener que cuidar a mi madre y convivir con mi hermana intentó poner pies en polvorosa pretextanto que iba a comprar droga.

Y fue entonces cuando el destino decidió volver a presentarse en la vida de mi padre, de nuevo con la forma del Calixto. A ver si va a ser que al destino le gustan las orejas de soplillo, porque si no, es que no se entiende…

Los dos amigos se encontraron la puerta de Urgencias y, tras varios años sin verse, se fundieron en un emotivo y cálido abrazo. O lo fue los primeros dos minutos. Después empezaron a morrearse y magrearse sin disimulo y la situación comenzó a volverse embarazosa… Finalmente dejaron que corriera el aire y se pusieron al día.

Resultó que el Calixto se volvió de Suecia cuando las cosas se pusieron chungas para los extranjeros y montó un negocio de vídeorecuerdos para bodas, comuniones y bautizos. De hecho, estaba filmando un banquete de boda cuando la novia pilló al novio con el cura en el lavabo, en postura poco cristiana, pero eso sí, muy natural. Dentro de lo antinatural. Vamos, que debía ser el día del Domund, porque el cura estaba recibiendo de lo lindo. Con el susto por la interrupción, al señor cura se le comprimió el esfínter, impidiendo que pudieran separarse, despedirse y quedar como amigos. Para evitar bochornos innecesarios, todos los invitados habían escenificado la conga de Jalisco a modo de camuflaje fiestero y de tan curiosa guisa habían acompañado a los azorados amiguetes a Urgencias.

– No te creas, un día de trabajo de lo más normal.

Sin embargo, las cosas de la vida, ahora el Calixto tenía una responsabilidad mucho mayor.

Pues resulta que el PP tenía la victoria en las autonómicas más crudo que el sobaco del Papa y pensaron contratar a un asesor de imagen. Como no tenían dinero no podían permitirse uno de verdad y me ficharon a mí. En realidad no esperaban que hiciera nada… sólo querían poder decir en Madrid que tenían un asesor de imagen.

Craso error. El Calixto, ese hombre con menos luces que un barco de espías, decidió “involucrarse” y “aportar ideas”. Como resultado el PSOE revalidó y aumentó su mayoría absoluta. Y eso a pesar de que dos días antes de las elecciones el candidato socialista fue pillado in fraganti en plena orgía con tres menores, varios inmigrantes indocumentadas e indocumentados (paridad escrupulosa eso sí), drogas de seis tipos distintos, artículos sadomasoquistas y una oveja. Y un cartón de Marlboro, que se me olvidaba.

El Calixto, inasequible al desaliento, había continuado su trabajo tras las elecciones y ahora se centraba en aumentar el voto femenino, uno de los pilares de las victorias socialistas. Para ello iba a dar una conferencia al día siguiente en el Ateneo Feminista… hasta que se le ocurrió una idea genial:

– ¿Por qué no la das tú, Rosendo? Venga, si es mañana mismo, a las cinco…

– Buffff, no sé, me viene fatal… – Mi padre no estaba muy por la labor, pero no encontraba excusas creíbles – Yo… yo… a esa hora ya suelo estar borracho. O en el tigre, que ya sabes que soy muy regular…

– Pero mírate Rosendo… ¡¡¡eres perfecto!!! Eres actor, has trabajado en producciones europeas de escaso presupuesto, – todo era cierto, las cosas como son – hablas idiomas y, por si fuera poco, ¡¡¡eres un manco de mierda!!! ¡¡¡¡Genial!!!!

Estaba claro que tantos años fuera del pueblo no habían acabado con los prejuicios firmemente arraigados del Calixto. Al final mi padre, que consideraba que tenía una cierta deuda moral con su amigo, accedió. El intrépido asesor de imagen le pasó a mi padre el discurso, porque lo llevaba encima a ver si se colaba a algún pringao, como él mismo reconoció.

– Pero no va por ti, Rosendo, que tú eres perfecto de verdad para esto…

La tarde siguiente, mi padre, rebautizado como I. Rosendo Bergman, llegó al Ateneo un poco nervioso. Hacía mucho que no tenía que estudiarse un texto tan largo, así que el Calixto decidió motivarle, mientras esperaban entre bastidores, al viejo estilo sueco previo a los rodajes.

– ¿¿¿¿¿Quién eres tú?????

– ¡¡¡El Armado Invencible!!!

– ¿¿¿¿Y qué vas a hacer????

– Me las…

– ¿¿¿¿QUÉ????

– ¡¡¡Me las voy a follar!!!

– ¡¡Sí!! ¡¡Coño, sí!! ¡¡Ahora sal ahí y dales fuerte por el culo a todas esas frígidas de mierda!!

– ¡¡¡¡Sí, joder!!!! Las voy a encular a base de bien HASTA QUE PIDAN MÁS…

Supongo que todo político, tarde o temprano, sufre una mala pasada por hablar más de la cuenta ante un micrófono abierto. En el caso de mi padre, en cuanto salió al escenario, mientras se encaminaba hacia el atril, los rostros de la concurrencia le hicieron comprender que el inalámbrico que llevaba en la solapa llevaba un rato conectado. Un buen rato. Su carrera política iba a ser cercenada antes de empezar.

Y de pronto ocurrió. Mi padre, acorralado por cien mujeres con una vocación linchadora recién descubierta cogió aire y comenzó a hablar:

– Yo no soy digno de estar aquí. No merezco vuestra atención ni vuestra dedicación. Todo lo que tengo que daros, todo lo poco que puedo daros lo llevo aquí, conmigo. Me humillaré si así lo queréis, me arrastraré ante vosotras, hundiré mi rostro en la degradación porque me dejéis compartir todo lo que tenéis que enseñarme, vosotras que entendéis los principios de la vida y del dolor…

El Calixto y yo nos miramos. Era el monólogo de “Hamlet, príncipe priápico de Dinamarca” previo a cuando mi padre se tiraba a Rosencratz y Guildernstein, que obviamente eran dos mujeres en esta versión.

El auditorio enmudeció. Mi padre miraba con languidez e infinita tristeza a todas aquéllas mujeres mientras desgranaba los veinte minutos del monólogo. Y, al final, por poco se va todo al traste cuando mi padre, dejándose llevar por los recuerdos, se echó mano a la bragueta dispuesto a desarrollar el argumento final.

Por suerte, el Calixto se acercó corriendo con lo primero que pilló y se lo puso en la mano, impidiendo que mi padre diera al traste con todo. Bueno, no es que fuera normal que terminara el discurso con un zapato del Calixto en la mano, pero el caso es que el público arreció en aplausos al terminar. La nueva carrera de mi padre acababa de empezar.

En fin, desde entonces todo está en las hemerotecas. Mi padre es hoy por hoy uno de los oradores más solicitados del partido, desde su llegada el voto femenino se ha desplazado masivamente a la derecha y para la próxima legislatura, si se cumplen los pronósticos y ganamos, suena su nombre para la Consejería de Cultura…

Lo que no tiene arreglo es la relación con mi madre. Ahora que mi padre y yo vivimos en la capital, mi madre viene de vez en cuando… y siempre discuten. Empiezan a subir el tono y acaban encerrándose en el cuarto de mi padre. Cómo si yo no me fuera a enterar. Y se gritan, y se tiran cosas. Para mí que a veces incluso se pegan, porque siempre salen con la ropa mal puesta y la respiración entrecortada…

Y digo yo… ¿todo esto a qué venía? Ah, sí, pues respondiendo a su pregunta, no, mi madre nunca fue guapa. No, ni de joven…

agosto 23, 2008

Epifanía

El temblor. Otra vez aquí. Mi mano izquierda, mi brazo izquierdo. Como si tuvieran vida propia. Pero esta vez algo es diferente. No sé el qué, pero lo noto. Tengo que tranquilizarme. Lo he hecho antes. Respira. Diafragma. Respira.

Pero mis pulmones parecen un globo de cemento. Mi abdomen está rígido como un cadáver no demasiado reciente. No tengo ritmo, no tengo pausa. Las inspiraciones son cada vez más cortas y cada vez parece que necesito más aire para no sentir que me ahogo. Tengo que relajarme. Vacía tu mente. Concéntrate en el río. El río. Siempre diferente, siempre inmutable. El río.

De pronto empieza. Sin aviso previo, sin notificación en tiempo y forma. Nunca había pensado en el significado de “presión arterial”. Pero en un instante mis venas, mis arterias comienzan a parecer cables de acero sosteniendo un andamiaje caduco, imperfecto. Noto como mi sangre se abre camino con dificultad, con violencia. ¿Es así el comienzo de un infarto? No, no lo es y lo sabes. Tu brazo izquierdo está bien. No duele. No más que el derecho. ¿O sí? No, no puedes pensar eso. Conoces los síntomas. Si te obcecas los vas a somatizar. No debo. Tengo que calmarme. Puedo hacerlo. No es la primera vez que lo logro.

No, no puedo. Tengo que salir de aquí. Algo va mal, algo va muy mal. La clínica no está lejos. Puedo ir solo. No hay necesidad de alarmar a nadie. El temblor, el temblor es la excusa perfecta. Palabras vagas, expresión tranquila. Adiós, adiós. Miro su cara. Espero que no, pero no sé si será la última vez. No, no puede ser tan malo. No puede pasarme a mí. No hay necesidad de dramatizar, ¿verdad? Cierro la puerta. Pienso en cuánto me gusta mi casa. En cómo me gustaría haber sido músico. En cómo me hubiera gustado que me abrazara esa noche.

La calle está vacía. Es domingo y es muy pronto. Aún así, hay luces en casi todas las ventanas. Normal. En todas partes debe haber niños abriendo regalos. Padres conteniendo el aliento y la sonrisa. Es un día alegre. Es un día especial.

Todo está lleno de aire. No puedo sino preguntarme porqué no logro que entre algo en mis pulmones, que comienzan a acumular hambre atrasada. Cada paso se me hace eterno. Mi cuerpo, mi pecho, pesan como si de repente sufriesen la gravedad de un planeta gigantesco. Me gustaría poder dejarme caer en la calle. Si supiera que el peso va a desaparecer lo haría. Si supiera que voy a descansar lo haría. Pero cada arteria, cada vena me dice que no será así. Cada vez duele más, cada vez es peor. Me cuesta más trabajo moverme, me estoy petrificando por segundos.

La mujer del mostrador me pregunta qué me ocurre. Quiero desplomarme. Un absurdo sentido de la dignidad me hace permanecer en pie, darle mi tarjeta, disculpar mi falta de elocuencia con un movimiento estúpido de cabeza que podría significar cualquier cosa. Me tumbo en la sala de espera y el temblor comienza a extenderse. Mis piernas responden al estímulo, mis codos comienzan a agarrotarse. Mi nombre suena desde algún lugar lejano. Consulta dos. Me gusta el dos.

La doctora es joven, más que yo. Me ausculta, me mira el fondo del ojo con una linterna pequeña y molesta. Me toma la tensión. Me pregunta algo que no entiendo. Pero de alguna forma, de pronto sé a ciencia cierta que no voy a morir. Hoy no. Y en ese preciso instante, sin pretenderlo ni poder evitarlo, me echo a llorar. A medida que lloro van desapareciendo síntomas, el temblor se suaviza, mi sangre se calma, comienzo a percibir sonidos. “Hipertensión grave”. “Ataque de ansiedad”. Sé que una vez supe que significaban, pero para mí ahora carecen de importancia. Sólo me quedan mis lágrimas. Como un niño sin Día de Reyes.

LIFE ON MARS (David Bowie)

It’s a God awful small affair to the girl with the mousey hair,
But her mummy is yelling, “No!” and her daddy has told her to go,
But her friend is nowhere to be seen, now she walks through her sunken dream
To the seats with the clearest view and she’s hooked to the silver screen,
But the film is sadd’ning bore for she’s lived it ten times or more.
She could spit in the eyes of fools as they ask her to focus on

Sailors fighting in the dance hall. Oh man! Look at those cavemen go.
It’s the freakiest show.
Take a look at the lawman beating up the wrong guy.
Oh man! Wonder if he’ll ever know he’s in the best selling show.
Is there life on Mars?

It’s on America’s tortured brow that Mickey Mouse has grown up a cow.
Now the workers have struck for fame ‘cause Lennon’s on sale again.
See the mice in their million hordes from Ibeza to the Norfolk Broads.
Rule Britannia is out of bounds to my mother, my dog, and clowns,
But the film is a sadd’ning bore ‘Cause I wrote it ten times or more.
It’s about to be writ again as I ask you to focus on

Sailors fighting in the dance hall. Oh man! Look at those cavemen go.
It’s the freakiest show.
Take a look at the lawman beating up the wrong guy.
Oh man! Wonder if he’ll ever know he’s in the best selling show.
Is there life on Mars?

(Nota del autor: Este post narra un ataque de ansiedad que sufrí el 6 de Enero de 2.008.)

Publicado originalmente el 11 de Marzo de 2.008 en “Demasiado lejos del mar”.

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