Lunes de feria. Sesión de noche. Una película que lleva un par de meses en cartelera. Resultado: toda la sala para mí.
Me encanta estar absolutamente solo en una sala de cine. Y en películas como ésta, más.
Shutter Island es un viaje amargo y duro a los rincones oscuros del cerebro, donde se esconden (o tal vez no tanto) la locura, la angustia, los terrores más inconfesables y los recuerdos más dolorosos.
Está basada en una novela de Dennis Lehane, el autor de la también desasosegante Mystic River, y cuenta con un reparto de auténtico lujo. Aparte del recurrente Leonardo DiCaprio, que lo hace francamente bien, tenemos a Mark Ruffalo, Ben Kingsley (soberbio!!!), Ted Levine y la presencia inmensa del mítico Max Von Sydow. El escenario, imponente, una isla cercana a Boston convertida en manicomio y prisión para reclusos violentos y extremadamente peligrosos. Un lugar tétrico, azotado por tormentas y donde el mayor peligro puede que no sean los presos.
Con estos mimbres, y Scorsese tras la cámara, uno espera un auténtico peliculón. Sin embargo, no sé muy bien por qué, no me lo pareció. Las interpretaciones resultan convincentes, sí. La dirección, impecable (por supuesto). Pero en mi opinión, el guión pierde la oportunidad de explotar los aspectos más interesantes (las conexiones con los experimentos nazis, por ejemplo), en favor de unos giros argumentales que resultan poco sorprendentes. Y lo que menos me gustó: la música a todas luces (o sonidos) excesiva, intentando crear una tensión falsa cuando las escenas en sí mismas bastan para crear una auténtica.
El estremecedor mundo de la locura y de los trastornos de personalidad ha sido explorado en muchas ocasiones por el cine. Alguien voló sobre el nido del cuco, El rey pescador, Eternal sunshine of the spotless mind, El club de la lucha, Sunset Boulevard, Memento,… por mencionar sólo un puñado de obras maestras. Muy a mi pesar, Shutter Island no llega a esta altura. Pero desde luego, es un película interesante. Amarga, dura, tensa y sobre todo inmensamente triste.

