El inspector tomaba nota de todo en su bloc, con una letra puntiaguda y preciosista. Al chef le recordó a la letra de su profesora de octavo. Doña Alicia. Qué fea era doña Alicia. Tras el cuestionario habitual, el inspector se quitó ceremoniosamente las gafas y se introdujo la patilla derecha en la boca, en un gesto que el chef encontró particularmente desagradable.
- Joven, ¿sabes cuántos años llevo de inspector para la Guía?
El chef negó con la cabeza.
- Más de los que usted tiene. – Sonrió con gesto cómplice. – Y créame si le digo que nunca me había encontrado con un desafío semejante.
Silencio. El inspector parecía vagamente incómodo ante la pregunta que iba a realizar.
- ¿Me puede explicar la receta de las coquilles líquidas?
El chef sonrió con condescendencia.
- Oh, eso… es muy simple, en realidad. Es una deconstrucción del concepto clásico de croqueta. Sustituimos la bechamel con pollo por una gelatina de perdiz enriquecida con caldo de pato. Le damos la forma de coquille con dos cucharas y la recubrimos con huevo batido y un poco de aglomerante para mejorar la consistencia. Finalmente se pasa por pan rallado con hierbas provenzales y se sumerge en aceite, a 180 grados durante exactamente un minuto y treinta y seis segundos. En ese tiempo la gelatina se licua y el exterior se endurece, dando lugar a una croqueta líquida.
El inspector meneó la cabeza.
- No me lo está diciendo usted todo, amigo mío… Conozco todas esas técnicas… pero en el interior de las coquilles hay algo… algo que no acierto a distinguir, que tiene una consistencia cremosa, diferente por completo de la de la gelatina líquida… pensé que era sal maldon, o sal rosada, pero no… no estoy seguro…
Las cejas del inspector mostraban una anhelante expectación. El chef finalmente afirmó con contundencia.
- Pues sí… es un tipo de sal del Himalaya que me traen expresamente… le ruego que trate esto con la confidencialidad debida…
El inspector se sacó la patilla de la boca y realizó un gesto vago y amplio.
- Pues tiene usted que darme el nombre de su proveedor. Le parecerá una… una locura. Pero cuando probé la primera, me asaltó un recuerdo, un recuerdo de mi adolescencia, que hacía mucho que no… Y luego, simplemente desapareció y yo… en fin…
Al chef no le parecía una locura, en absoluto. Pero no dijo nada. El inspector tras perder la mirada en un punto lejano, o todo lo lejano que podía ser en aquel salón, prosiguió:
- Y ya que hablamos de confidencialidad, usted trate también con la debida lo que voy a decirle… Puede dar por asignada la tercera estrella de su establecimiento. Muchas felicidades.
Un licor y una despedida después el chef se encaminó a su estudio con paso cansado. Se sentó en su silla de trabajo y marcó un número en su móvil.
- Sí… Sí, cielo, aquí sigo con el inspector… Sí, yo creo que muy bien, pero no lo quiero decir muy fuerte. Ahora vamos a tomarnos unos licores, a ver si le saco algo en limpio… Vale, claro, no te preocupes, no voy a coger el coche. Me quedo a dormir aquí, sí… Ya, yo también te voy a echar de menos, pero… claaaaaaaro, claro. Bueno, pues me vuelvo con el inspector… Sí, y yo a ti. Buenas noches, buenas noches.
El chef miró el sofá cama, en la pared opuesta del estudio. El lugar donde había pasado más de la mitad de las noches últimamente. Tras unos segundos, decidió esperar un poco antes de irse a dormir y se volvió hacia la mesa de estudio. De entre los cientos de libros de cocina que atiborraban las estanterías escogió un álbum de fotos.
Paseó la mirada por los rostros cambiantes de un bebé que se convirtió en un niño sin dejar de sonreír de una forma que los adultos olvidan. Un niño grande, fuerte, lleno de vida. De pronto, como si de un péndulo se tratara, el niño volvía, muy despacio, a convertirse en una criatura débil e indefensa. Su cuerpo menguaba, su pelo desaparecía gradualmente,… sólo su sonrisa permanecía inalterada. Las fotos en el jardín de una casa rural dieron paso a una habitación de hospital, luego a una estancia esterilizada, y de nuevo a casa, en un viaje sin retorno.
El chef notó la inconfundible sensación de las lágrimas abrasando sus ojos y alargó la mano hacia los pequeños recipientes que tenía específicamente preparados. Cuando hubo llenado diecisiete de ellos los guardó en la pequeña cámara criogenizadora, cerró el álbum y se dirigió hacia el sofá, a intentar dormir. Probablemente en vano.